La servidumbre eclesial femenina

Lo recuerdo muy bien y todavía me enoja. Cuando trabajé como consejero en la embajada de México ante la santa sede, una de nuestras tareas era visitar y conocer a los dirigentes de las congregaciones religiosas, cuyos cuarteles generales suelen estar en Roma. Y en más de una ocasión, luego de haber comido con sus dirigentes, ellos nos decían que allí estaban unas mexicanas que querían saludar al embajador de México. Aparecían entonces unas monjitas muy amables, que eran las que les cocinaban, les barrían los pisos, les lavaban y les planchaban su ropa a los religiosos. En suma, las monjitas mexicanas eran las sirvientas de la orden. Ese era el servicio que ofrecían a la Iglesia. Era realmente indignante observar que ese era el triste papel que muchas mujeres cumplen en la Iglesia. ¿Por qué no limpian ellos mismos sus pisos, cocinan, lavan y planchan su ropa? Pues porque para eso están las mujeres, según la lógica patriarcal y machista que ha dominado a la Iglesia como a muchas instituciones en todo el mundo.

Así que estoy totalmente de acuerdo con el papa Francisco, cuando él señala que sufre al ver que en la Iglesia y en las organizaciones eclesiales, el servicio de las mujeres se ve reducido a la servidumbre. Y la verdad es que no todas, pero muchas congregaciones religiosas femeninas únicamente cumplen el papel de auxiliares en el servicio y ministerio de los hombres. La vocación de estas mujeres, de acuerdo con la visión conservadora, sería la de servir a los hombres, dentro y fuera de las instituciones eclesiales. Hay por supuesto grandes excepciones en la historia de la Iglesia cristiana y católica en particular respecto a este papel. Los historiadores del cristianismo han rescatado el poder que en algún momento tuvieron algunas abadesas en la Edad Media. Y no faltan ejemplos de mujeres que en el pasado o en el presente han tenido actuaciones destacadas, desde las místicas de antaño hasta las que participan en las delegaciones de la santa sede a las conferencias mundiales. Pero hay una constante en esta participación: siempre ha sido como subordinadas y desempeñando papeles secundarios. Por el simple hecho de ser mujeres no tienen el mismo estatus que los hombres.

En el centro de la división del poder entre hombres y mujeres en la Iglesia católica hay un elemento central insoslayable: las mujeres no pueden ser ordenadas como sacerdotes, lo que significa que no pueden impartir los sacramentos. Por lo tanto tampoco pueden llegar a ocupar la sede pontificia, ni ser cardenales, ni arzobispos, ni obispos. Están relegadas por lo tanto, canónicamente, a un papel secundario y subordinado dentro de la Iglesia hasta que esa restricción desaparezca. Eso no significa por supuesto que las mujeres no lleven a cabo labores muy importantes dentro de la institución eclesial. Pero cuando llegan a hacerlo, siempre hay un sacerdote a cargo, aunque éste no haga nada más que dirigir o acompañar el trabajo de las mujeres. A éstas en la Iglesia, en el mejor de los casos, se les otorga el título de agentes de pastoral, como puede serlo cualquier catequista o asistente en la Iglesia. Pero esa agencia no resuelve el problema central dentro de la Iglesia, el cual consiste en la separación entre aquellos que detentan la capacidad de administrar los sacramentos y aquellos que no lo tienen, es decir la distinción entre clero y laicos o feligreses comunes. Las mujeres, por el simple hecho de serlo, no pueden acceder al poder dentro de la Iglesia.

La asignación de este papel es muy antigua y se ha visto reforzada en la Edad Media o incluso en la edad moderna. Pero en la época contemporánea tal destino está siendo cada vez más cuestionado, a partir tanto de una relectura del papel de las mujeres en los orígenes del cristianismo como de las nuevas perspectivas sobre el género y la igualdad de derechos en la sociedad.

Habría que tener cuidado, sin embargo, con las expectativas. Si bien la crítica del pontífice al papel de las mujeres en la Iglesia es importante y abre la puerta a un debate mayor, ello no significa que el papa Francisco haya cambiado la doctrina eclesial sobre las mujeres.