¿Qué es la santidad?

La DE TIPO oficial es un acto político-burocrático, que puede o no reflejar y generar un culto real. Sería erróneo pensar que solo el culto popular cuenta. La Iglesia lo sabe y se dedica por ello a fomentar sus propios modelos.

La Iglesia católica incluyó el domingo a dos personas más en su santoral. La ceremonia fue espléndida y con enorme impacto en los medios. San Juan XXIII y san Juan Pablo II ya son parte del listado de los que son dignos oficialmente de estar en los altares. Muy bien, pero inevitablemente surgen algunas preguntas: ¿de qué sirven dos santos más? ¿Cuáles fueron sus méritos? ¿Qué es la santidad? ¿En qué enriquecen a la Iglesia, a los cristianos o al mundo? ¿Cuál será su impacto social y eventualmente político? ¿Por qué algunas causas no progresan?

Empecemos por lo primero: la “santidad” es un estado por medio del cual el ser humano se acerca o se compenetra con la divinidad. En el caso específico del cristianismo, esta compenetración se hace generalmente con Cristo y con Dios Padre, a través del Espíritu Santo. Por lo tanto, hay muchas maneras de ser santo, según la Iglesia católica: esto se puede lograr siendo un místico o una ama de casa, una persona que sufre o una persona que ayuda a los que sufren, un mártir o un guerrero, una virgen o una prostituta. Los primeros santos, por ejemplo, solían ser los mártires cristianos que habían sufrido por el hecho de no renegar de su fe y ser objeto de persecución, de tortura o de sacrificio. En esa época, no se requería que hicieran milagros o se los atribuyeran. Digamos que con su propio sacrificio daban testimonio de santidad. Luego los perseguidos se convirtieron en perseguidores y los santos adquirieron otras virtudes. Así por ejemplo, Santo Domingo (fundador de la Orden de Predicadores o Dominicos) se distinguió por perseguir a los herejes o disidentes religiosos, particularmente a los albigenses. En la Edad Media, por lo tanto, los principales santos fueron hombres de la propia estructura sacerdotal; abades, párrocos, obispos y papas. Después, las vírgenes y los misioneros fueron llevadas a los altares y más recientemente los fundadores de órdenes religiosas y los simples laicos. San José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, también había empujado la idea de que cualquier cristiano, sin importar su condición social o profesión, podía llegar a la santidad. De lo que se trata es de ser un ejemplo y un modelo de vida. De esa manera, el ahora santo Juan Pablo II, siendo pontífice, canonizó a una madre de familia que se negó a abortar, aun sabiendo ella que moriría al parir y que dejaría huérfanos a sus hijos. Ese es el modelo de católica que empujaba dicho pontífice.

Luego hay otros casos presentados ante la Congregación para las Causas de los Santos que no han prosperado. Por ejemplo, la de monseñor Óscar Arnulfo Romero, a quien la muy católica ultraderecha salvadoreña asesinó en el altar. Es evidente entonces que las causas avanzan y retroceden según las circunstancias de la época y, sobre todo, según la correlación de fuerzas políticas dentro y fuera del Vaticano. Y si algo mostró la canonización de Juan Pablo II es que muchos de los personajes que se oficializan como santos no son precisamente intachables. Además, con la necesidad de estar beatificando y canonizando a decenas y cientos de nuevos candidatos, es evidente que el papel de “abogado del diablo” ya no es el que era antes. Ahora los cuestionamientos de virtudes, revisiones de trayectorias y certificaciones de milagros se han aligerado.

Finalmente, no debemos olvidar que una canonización es un acto protocolario mediante el cual la institución eclesiástica católica reconoce formalmente el testimonio evangélico de una o más personas. Pero eso no significa que no haya muchos santos reconocidos por el pueblo y que no han alcanzado, ni pretendido, un reconocimiento oficial. La santa Muerte es el mejor ejemplo de ello. Pero también Jesús Malverde, en Sinaloa, o Teresa Urrea, la santa de Cábora. En suma, la santidad oficial es un acto político-burocrático, que puede o no reflejar y generar un culto real. Sería erróneo, sin embargo, pensar que solo el culto popular cuenta. La Iglesia lo sabe y se dedica por ello a fomentar sus propios modelos de santidad. Los santos, como los héroes, no se producen espontáneamente. Son un producto de las fuerzas políticas y religiosas de su época.

roberto.blancarte@milenio.com