La reforma de las actitudes

Pocas veces los fieles de la Iglesia católica y otras personas, creyentes o no, tienen la oportunidad de saber a ciencia cierta lo que los papas piensan acerca de la propia institución. Y lo más frecuente es que los papas hablen de manera vaga y críptica. Es por ello que lo dicho con toda claridad por el pontífice romano se vuelve tan relevante. El papa Francisco, en su entrevista publicada recientemente por Civiltà Cattolica, para responder sobre lo que desde su parecer la Iglesia católica necesita, comparó a ésta con un hospital de campaña: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol y el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… y hay que comenzar por lo más elemental. La Iglesia a veces se ha dejado envolver en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Cuando lo más importante es el anuncio primero. ¡Jesucristo te ha salvado! Y los ministros de la Iglesia deben ser, ante todo, ministros de misericordia.”

La crítica, el mensaje, la recomendación, como se le quiera ver, está dirigida a los sacerdotes y en primer lugar a los obispos. El señalamiento no es menor. El Papa los tilda de ser más burócratas que pastores, de ser más intransigentes que misericordiosos, sobre todo frente a sus feligreses: “¿Cómo estamos tratando al pueblo de Dios? Yo sueño con una Iglesia madre y pastora. Los ministros de la Iglesia tienen que ser misericordiosos… Las reformas organizativas y estructurales son secundarias, es decir, vienen después. La primera reforma debe ser la de las actitudes. El pueblo de Dios necesita pastores y no funcionarios ‘clérigos de despacho’. Los obispos especialmente, han de ser hombres capaces de apoyar con paciencia los pasos de Dios en su pueblo, de modo que nadie quede atrás, así como de acompañar al rebaño, con su olfato para encontrar veredas nuevas”. Los énfasis del papa Francisco no son accidentales. Proponen un nuevo tipo de Iglesia, si a ésta la entendemos en su sentido original, es decir el de una asamblea o comunidad de creyentes. Los obispos no están allí para regañar y castigar al pueblo de Dios, sino para “acompañarlo”, para cuidarlo, para curarlo. El papel del obispo es entonces replanteado de manera drástica.

Y para que no quede duda sobre a qué cuestiones se está refiriendo, el papa Francisco puntualiza: “En Buenos Aires recibía cartas de personas homosexuales que son verdaderos ‘heridos sociales’, porque me dicen que sienten que la Iglesia siempre les ha condenado. Pero la Iglesia no quiere hacer eso. Durante el vuelo en que regresaba de Río de Janeiro dije que si una persona homosexual tiene buena voluntad y busca a Dios, yo no soy quién para juzgarla. Al decir esto he dicho lo que dice el Catecismo. La religión tiene derecho de expresar sus propias opiniones al servicio de las personas, pero Dios en la creación nos ha hecho libres: no es posible una injerencia espiritual en la vida personal. Una vez una persona, para provocarme, me preguntó si yo aprobaba la homosexualidad. Yo entonces le respondí con otra pregunta. ‘Dime, Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?’ Hay que tener siempre en cuenta a la persona”.

Estamos pues frente a un Papa que, sin necesariamente cambiar doctrinalmente, propone una nueva actitud a los sacerdotes, más compasiva e incluyente, pero también un giro de 180 grados en la relación de la jerarquía con los feligreses, una Iglesia menos burocrática e intransigente, menos juzgadora, más curadora y acompañadora. La pregunta no es entonces si los más de cuatro mil obispos católicos y más de 400 mil sacerdotes en el mundo lograrán acompañar al Papa que ya comenzó a predicar con el ejemplo. No está hablando desde el Palacio Apostólico y siendo conducido en un automóvil de lujo. Muchos, estoy seguro, querrán hacerlo. Pero otros seguramente lo estarán odiando por sus palabras.