Las razones de un simple ciudadano

El debate público que se ha generado alrededor de la reforma energética es, como se ha podido observar, complejo y confuso. Hay quienes presentan la iniciativa presidencial como el mejor camino a la bonanza en la producción de petróleo y electricidad, así como la clave para nuestro desarrollo, y hay quienes la denuestan como una traición a la patria. En medio están algunos que quisieran una reforma, pero desconfían de lo que parecería una privatización oculta. Otros señalan también la necesidad de atacar primero la corrupción interna en Pemex y la CFE, para luego proceder a una recuperación del papel central de estas compañías en el desarrollo del país. El tema de la propiedad de las empresas y de los recursos naturales del país también genera confusión y pasiones. En lo único en que al parecer todo mundo está de acuerdo es en que la situación no puede continuar como hasta ahora y que algo drástico se debe hacer ya para poder generar la energía barata que requiere nuestro desarrollo nacional.

Por otra parte, ante un debate tan complejo, no se puede esperar que todos los ciudadanos estén perfectamente documentados para apoyar una u otra decisión. Lo que significa que los respaldos de diversos sectores de la sociedad a los distintos proyectos y posturas sobre la reforma energética pasan por dos caminos: o una simple alineación respecto a una postura ideológica sobre el tema (del tipo “no nos robarán nuestro petróleo” o “con esto salimos del subdesarrollo”) o bien una formulación a partir de los intereses individuales o colectivos de algunos ciudadanos. Voy a intentar entonces un ejercicio absolutamente personal de cómo veo, de acuerdo a lo que he vivido y a mis expectativas, la posibilidad y necesidad de una reforma energética.

Mi experiencia personal respecto a Pemex, pero sobre todo respecto a la CFE, es de un servicio malo y caro. Lo que un servidor, al igual que muchos ciudadanos, ve son empresas corruptas e ineficientes, que nos cuesta mucho mantener, tanto por lo poco que se genera, como por lo mucho que se deja de ganar. Pemex está produciendo poco petróleo y de mala calidad, con costos de operación muy altos. Probablemente solo somos superados en esto por Venezuela. Respecto a la CFE, ni se diga. Cada vez que me llega la cuenta de luz me siento atrapado en una situación de la que no puedo escapar, porque simple y sencillamente estoy frente a un monopolio, que al igual que todos los monopolios no tiene ningún incentivo para mejorar. Cuando he tenido algún problema con la compañía de luz me han dicho que no hay nada que hacer y que o pago o me cortan la electricidad. La situación es aún más grave en lugares donde, literalmente, la gente no puede dejar de consumir mucha energía, por ejemplo en el uso de aires acondicionados que, créanme, en ciudades como Mexicali o Hermosillo, no son artículos de lujo.

Habiendo vivido en otros países, me puedo dar cuenta de que, si bien la energía no es barata, nunca llega a significar los costos que constituyen para nosotros. En México mucha gente está obligada a pagar altísimas cuentas de luz o a robársela, generalmente con la complicidad de los propios empleados de la CFE. Necesitamos mucha más energía y abaratar los costos de ella. Francamente, no creo que con una empresa monopólica, ineficiente y corrupta esto se vaya a lograr y tampoco creo que ninguna de estas empresas tenga la capacidad de reformarse desde adentro, sin el incentivo de la competencia.

Además de lo anterior, hubo algo que me hizo pensar hace algunos meses en la necesidad de una verdadera y profunda reforma energética en México. Leí un artículo que mostraba cómo la industria automotriz en el mundo está ya lista para producir masivamente automóviles impulsados por energía eléctrica. Y me quedé pensando: “¿Cómo vamos nosotros a producir y sobre todo a consumir los automóviles del mañana (que ya es casi hoy) con nuestros altísimos costos de electricidad?” Olvidémonos del petróleo. A estas alturas es lo que menos importa. En dos o tres décadas ya no contará, como tampoco lo harán, si seguimos así, nuestros grandes logros del nacionalismo revolucionario.