¿Para qué queremos al Papa?

Es comprensible que el episcopado católico quiera que el obispo de Roma visite México. Quieren robustecer la unidad de la Iglesia y que el Papa fortalezca el catolicismo. Entiendo menos el entusiasmo de los gobernantes civiles.

El entusiasmo del presidente Enrique Peña Nieto era visible. En entrevista concedida a Joaquín López-Dóriga, afuera del Palacio Apostólico, el Presidente narró con apenas contenida exaltación cómo le arrancó al Papa la promesa de venir a México y le preguntó si podía darlo por un hecho y anunciarlo a los mexicanos. Se le veía orgulloso de haberlo logrado. Como si justificara el viaje y como si fuera un gran objetivo de nuestra política exterior: obtener la promesa del papa Francisco de visitarnos. Y quizás sí lo sea. Tal es la emoción desplegada por los medios que eso parece ser compartido por todos. Creo, sin embargo, que hay que detenernos un segundo antes de darlo por sentado.

Es comprensible que el episcopado católico quiera que su principal dirigente, el obispo de Roma, visite México. Parece normal entonces que cada vez que lo ven en Roma le extiendan una invitación. Quieren robustecer la unidad de la Iglesia y, sobre todo, que el Papa fortalezca el catolicismo en nuestro país. Entiendo menos el entusiasmo de los gobernantes civiles que ahora han tomado la costumbre de viajar al Vaticano para, bajo el menor pretexto, invitar al Papa para que visite México. Como si fueran los portavoces de los católicos mexicanos o del episcopado de esa Iglesia. No se les ve igual entusiasmo para invitar a otros dirigentes. En el caso del Dalai Lama ya les da miedo por temor a las represalias de China y el laicismo, así como la necesidad de mantener esferas separadas aparece más claramente cuando se trata de recibir a dirigentes mormones o de los testigos de Jehová o de cualquier otra religión. El Presidente y los gobernadores no tienen tiempo para andar atendiendo a dirigentes de minorías religiosas: ellos en cambio se desviven por atender a los obispos católicos y, por supuesto, al Papa, a quienes equivocadamente atribuyen la representación de la mayoría de creyentes, de la que ellos forman parte.

La costumbre de invitar oficialmente al Papa la inició Carlos Salinas de Gortari. Aquello se justificaba o se explicaba en la medida que se acababan de restablecer las relaciones diplomáticas, interrumpidas desde Maximiliano. Ernesto Zedillo era menos entusiasta de estas relaciones. Pero fueron los gobiernos panistas los que se regodearon con estas relaciones y con las invitaciones, a pesar de los desaires hechos a Vicente Fox por su esposa entonces no reconocida como tal por la Iglesia católica. Luego los gobernadores panistas y priistas se desataron y ahora hay hasta competencia por ver quién le regala el pesebre navideño al Papa, con dinero de la nación, es decir de todos los contribuyentes, sean estos católicos o no. A nadie se le ocurre que con esto violan el principio básico de equidad de la República laica.

En la página de la Presidencia, Peña Nieto explica más sobriamente: “Durante mi estancia en la Ciudad del Vaticano me reuní con Su Santidad, el Papa Francisco, y con el secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin. Reafirmé los vínculos de respeto y amistad que nos unen con la Santa Sede y al Papa le compartí el deseo de los mexicanos de poder saludarlo en nuestro país, el segundo con mayor número de católicos en el mundo. Aceptó visitar México.” En suma, la justificación del viaje se centra en el hecho de que México es el segundo con mayor número de católicos en el mundo. Lo cual es cierto, pero abre el cuestionamiento acerca del papel que en eso desempeñan o deben desempeñar las autoridades civiles del país. ¿Debe el Presidente estar promoviendo la visita de un líder religioso? ¿Es su papel hacerlo, o simplemente aceptar y manejar una visita que concierne exclusivamente a los creyentes de esa Iglesia?

Luego, uno puede preguntarse: más allá de la confusión de papeles, ¿qué piensa ganar con este viaje el Presidente? ¿Le parecerá que la población católica le va a agradecer haber invitado al Papa? ¿Creerá que el Episcopado lo va a apreciar más por esto? ¿Supondrá que serán más benévolos con sus políticas sociales? ¿Le pidieron en dado caso algo a cambio de ello? ¿O lo hace porque no se ha asumido como un Presidente laico que debe estar al margen de la promoción inequitativa de una sola confesión religiosa?

roberto.blancarte@milenio.com