Entre putos, goles y homofobia

No digo que tengamos que cortarnos las venas y rasgarnos las vestiduras, cerrar los estadios o aceptar las críticas de la FIFA, creo que debemos pensar si no estamos tolerando una cultura discriminatoria mediante la peor forma de perpetuarla: la broma.

Voy, cuando hay temporada, cada dos semanas al estadio de Ciudad Universitaria para ver jugar a los Pumas. Siempre me ha parecido más bien ritualista y poco efectivo el grito de “¡puto!”, lanzado al portero contrario. Debo admitir que nunca había pensado en éste como una exclamación agresiva ni mucho menos homofóbica. Si de lo que se trata es de participar distrayendo un poco al portero rival, me parecía, sin embargo, más efectiva la cancioncita: “Que lo vengan a ver, que lo vengan a ver, ese no es un portero, es una puta de cabaret”. O la simpática confusión lingüística de: “¡Árbitro, solo tres palabras: Chinga tu madre!”. Digo confusión porque en realidad deberían ser cuatro palabras: “¡chinga a tu madre!”. Luego me parece más ingenioso el alburero grito de: “Árbitro justo… pero del culo”. Disfruto personalmente la muy antiamericanista canción: “El puma no tiene mujer, el puma no tiene marido, pero tiene un hijo puto que se viste de amarillo”. Sin embargo, una vez que se inició hace algunos meses la polémica sobre los gritos racistas en los estadios mexicanos, toda esta furia inocente se fue al carajo, porque los señalamientos nos hicieron pensar en que, más allá del racismo, en efecto hay muchas formas veladas de agresión, que esconden una tan indeseable como presente cultura machista y homofóbica.

No digo que tengamos que cortarnos las venas y rasgarnos las vestiduras, cerrar los estadios o aceptar las críticas de la FIFA, que a su vez tiene mucho que explicar respecto al otorgamiento de las sedes homofóbicas de Rusia y Qatar. Pero creo que debemos detenernos a pensar si no estamos tolerando una cultura denigratoria y discriminatoria mediante la peor forma de perpetuarla, es decir, mediante la naturalización y la broma. ¿Por qué, por ejemplo, si nos parecen ya lamentables los gritos racistas en los estadios, todavía pensamos como normales los gritos machistas y homofóbicos? ¿Cuál es la tenue línea que los divide? ¿Porque gritar “¡puto!”, según algunos, no es agresivo? ¿Por qué “puto” se refiere más bien a los cobardes, a los rajones? ¿Por qué seguir estigmatizando a las putas (de cabaret o de la calle), en lugar de considerarlas sexoservidoras con dignidad? Me parecen argumentos débiles y más bien justificantes de una manera de pensar que nos parece normal y que no debería de serlo, si queremos una sociedad respetuosa de las diferencias. Hay quien reivindica el estadio como un espacio válido para sacar toda la enjundia y agresividad de la que somos capaces; como un lugar al que uno puede ir a desfogarse, a decir lo que en otros espacios no puede, precisamente porque no están permitidos. No estoy seguro de que sea nuestra mejor apuesta cívica. Hay otras opciones para expresar nuestro contento, tristeza o desengaño. Y no es normal insultar: me ha tocado ver en estadios de beisbol de Estados Unidos cómo ante los gritos excesivos y molestos de algún borracho, inmediatamente llega la policía para sacarlo del estadio, el cual no es ni debe ser considerado un santuario para los agresivos. El estadio también es un lugar público donde los asistentes tienen que saber cómo comportarse.

Lo curioso es que mientras esto sucede y todavía hay quien defiende el machismo y la homofobia, tenemos a un senador panista que preside una recién creada e inútil Comisión de la Familia, de inspiración netamente religiosa y cuyo flamante presidente se atreve a decir que las familias homosexuales no son una familia, poniendo en cuestión, desde esa posición, el derecho de estas parejas a adoptar. Es un gol más que metió la Iglesia católica, con el aval de nuestros despistados políticos y legisladores y que representa un paso adicional en su estrategia de inserción en la agenda legislativa y las políticas públicas.

Que un senador de nuestra República laica se sienta con la libertad de discriminar a los homosexuales, negándoles derechos y equidad en el trato, no se aleja en el fondo de la natural y asumida actitud homofóbica de muchos, que ni en el Senado ni en el estadio se cuestionan el punto; les parece normal. Habría que eliminar entonces tanto esa comisión, como los gritos machistas y homofóbicos de los estadios.

roberto.blancarte@milenio.com