La política de la canonización

La canonización de dos pontífices el mismo día es un hecho inédito y tiene que ver con cuestiones tanto religiosas como políticas. La canonización de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II no es fortuita.

La canonización de un papa no es un hecho tan frecuente en la historia. En ocasiones han pasado siglos sin que tenga lugar. La canonización de dos pontífices el mismo día es un hecho inédito y tiene que ver con cuestiones tanto religiosas como políticas. En este caso, la canonización de los papas Juan XXIII (Angelo Giuseppe Roncalli) y Juan Pablo II (Karol Wojtyla), más allá de los méritos de ambos personajes, no es un hecho fortuito, sino el producto de circunstancias y de decisiones políticas específicas. La prueba principal de esto es que a Juan XXIII le faltaba un milagro para ser considerado, de manera burocrática, como candidato viable a la santificación y el papa Francisco decidió omitir ese requisito. Hay en ello seguramente consideraciones religiosas, como el hecho de que fue Roncalli, ese viejo diplomático elegido para durar poco, quien convocó al Concilio Vaticano II, uno de los más importantes de los últimos siglos, probablemente el más trascendente desde aquel que tuvo lugar en Trento en el siglo XVI. No se pueden olvidar tampoco sus dos encíclicas “Mater et magistra” y “Pacem in terris”, que siguen siendo referentes extraordinarios del pensamiento pontificio abierto al mundo. Pero hay también un cálculo político, producto de la necesidad de balancear las diversas corrientes dentro del Vaticano y de relativizar el impacto de la canonización del Papa polaco, que fue reclamada desde el momento de su muerte por las masas (y algunos medios de comunicación que rápidamente hicieron eco), que pedían que lo nombraran “santo, súbito”, es decir un santo rápido, un “santo fast track”, como muchos de los que él hizo a lo largo de su cuarto de siglo como pontífice.

A Juan XXIII la gente le decía “el Papa bueno”. Supongo que en comparación con los anteriores, los Píos (IX, X, XI y XII), así como Benedicto XV, quienes por lo visto no eran tan buenos o no parecían tan bonachones como Roncalli. Juan Pablo II retomó el nombre de su predecesor Juan Pablo I, quien a su vez había tomado su nombre de sus dos predecesores, Juan (XXIII) y Pablo o Paulo (VI). Se puede decir muchas cosas del papa polaco, pero ciertamente el adjetivo de “bueno” no sería el que más le acomodaría. Estamos entonces frente a dos pontificados muy cercanos en el tiempo, pero con características muy diversas, a pesar de que existen múltiples puntos de conexión. Por ejemplo el hecho de que fue Roncalli el que hizo obispo a Wojtyla y que este último haya participado activamente en el Concilio Vaticano II. Pero ciertamente la memoria que existe de ambos pontífices es muy distinta. Wojtyla era un producto de la Polonia de entreguerras, amenazada por la Alemania nazi y la Unión Soviética, así como de la guerra fría. Juan XXIII es un producto del novecento italiano, de la diplomacia vaticana que gracias a Mussolini alcanzó un nuevo estatus internacional. Hizo su carrera, después de haber sido sargento médico y capellán militar en la Primera Guerra Mundial, como delegado y nuncio apostólico en lugares donde el catolicismo no era mayoritario, como en la Bulgaria o la Grecia ortodoxa o en la islámica (aunque laica) Turquía. Finalmente, antes de ser nombrado patriarca de Venecia, fue nombrado nuncio en Francia. Una vida entendiendo, como buen diplomático, al cristiano distinto y al mundo secular. Juan Pablo II llegó al pontificado desde la arquidiócesis de Cracovia para librar una batalla contra el mundo soviético, contra el mundo secular y contra todos aquellos que, desde una perspectiva liberal, reivindicaban libertades sexuales.

El papa Bergoglio es un heredero de ambos papas, pero no estoy seguro que habría empujado de la misma manera la canonización de Juan Pablo II si a éste le faltara un milagro, como lo hizo con Juan XXIII, con quien comparte la idea de un pontificado reformador, pero al mismo tiempo compasivo. Después de todo, su humildad y simplicidad, la idea de una Iglesia servidora y no castigadora, vienen de una pastoral que proviene directamente de teólogos de la época del Concilio Vaticano II, aunque Wojtyla también estuvo allí. Estas canonizaciones simultáneas no son entonces más que un gesto de gran equilibrio político.

roberto.blancarte@milenio.com