De magia y religión

Los clásicos de la sociología de las religiones hacían una división entre magia y religión. Siguiendo más o menos la división entre sociedades prehistóricas (sin escritura) e históricas, ellos clasificaron como magia las creencias y rituales de manipulación de los espíritus en una etapa previa a la propiamente religiosa y le otorgaron la categoría de religiosa a la socialización e institucionalización de estas creencias y, sobre todo, a su racionalización y generación en una ética que obliga a los fieles a un comportamiento determinado. Los estudiosos del fenómeno religioso advertían, sin embargo, acerca de la sobrevivencia de las prácticas mágicas dentro de las religiones. Max Weber, por ejemplo, señalaba que el catolicismo había preservado muchas de estas prácticas alrededor del culto a los santos y a las vírgenes, los cuales habían sustituido a los múltiples dioses y espíritus con los que había que lidiar antes del monoteísmo. Es por eso que una procesión de veneración de reliquias se convierte en espectáculo interesante, en la medida que muestra la supervivencia de elementos mágicos en las religiones. Me llamó por lo mismo la atención que se anunciara en Notre Dame de París una procesión mensual para venerar una de las reliquias más famosas del mundo: “la santa corona de espinas”, que los soldados romanos le habrían puesto a Jesús de Nazaret para burlarse de él como rey de los judíos.

Por supuesto, en lo primero que hay que creer es en que la corona de espinas que posee Notre Dame es aquella que le colocaron el jueves de la pasión a Jesús y que, a pesar de que los apóstoles se dispersaron tristes y desilusionados en un primer momento, alguien la recogió y la preservó durante 300 años hasta que santa Helena, madre del emperador Constantino la hizo transferir a Constantinopla. En la Edad Media comenzaron a circular pedazos y clavos (de dudosa proveniencia) supuestamente de la santa cruz en la que había sido crucificado el nazareno. Se dice que San Paulin de Nole mencionaba ya en el año 409 algunas de estas reliquias guardadas en la basílica del Monte Sión, en Jerusalén. Y que al menos parte de éstas, como la santa corona, habían sido trasladadas 100 años antes a la capilla imperial de Constantinopla. Allí habrían permanecido hasta que uno de los emperadores latinos, que habían aprovechado las cruzadas para apoderarse del decaído Imperio Bizantino, en grandes dificultades financieras, habría empeñado las reliquias a mercaderes venecianos. Allí es cuando interviene el rey san Luis de Francia y le compra en 1239 a los venecianos por una suma enorme (varios cientos de millones de euros a precio actual) las famosas reliquias, entre las cuales además de la corona, habían un clavo y un pedazo de la cruz. Para instalarlas en su palacio san Luis construye la famosa Sainte Chapelle en su palacio, que es ahora una de las pocas cosas que permanecen de él para gozo de los turistas. Allí se instala un enorme relicario, saqueado durante la Revolución Francesa, aunque las reliquias se trasladaron a la catedral de Notre Dame, lugar que todavía las conserva. Estas son las que se presentan el primer viernes de cada mes, además del Viernes Santo.

¿Quiénes van a la veneración en el año 2013? ¿Devotos, turistas, despistados? La respuesta, sin ser conclusiva es que un poco de todo. Como es bien sabido, Notre Dame de París, convertida en atracción turística, es el sitio más visitado en Europa. En 2012 tuvo alrededor de 13 millones 650 mil visitantes. Esto, muy por encima del Museo del Louvre y de la torre Eiffel. En la veneración de la corona pude contar unos 300 o 400 fieles, entre los cuales más de algún turista infiltrado (delatado por su cámara) y uno que otro curioso como yo (los menos). Pero la magia sigue. Una señora de las organizadoras me vendió, en medio de la ceremonia (por solo dos euros), una imagen de la corona y me dijo, con toda seriedad, que luego la podía utilizar con alguna persona enferma. Así que regresando a México, la voy a subastar. Me queda además la duda de por qué alguien preferiría tocar la corona en lugar de recibir el cuerpo y la sangre de Cristo en una misa común. Cosas de magia y de religión.