La “izquierda” fascista

Creo que hay que denunciar y detener a grupos de corte fascista que, al igual que en la Alemania nazi, hostigaban, perseguían, intimidaban, golpeaban y asesinaban a sus adversarios.

Observar con impotencia e indignación cómo un grupo de vándalos acosaba, perseguía, vituperaba y hasta golpeaba a viejos líderes intelectuales o políticos de la izquierda, como son Cuauhtémoc Cárdenas y Adolfo Gilly, ha sido para mí uno de los pasajes más tristes y preocupantes de los tiempos recientes. Que esto se haya hecho en nombre de otro suceso aún más oprobioso, como es el asesinato y desaparición de jóvenes normalistas en Iguala, debería ser una enorme llamada de atención, una sonora alarma, contra no solo la violencia en general y la violencia política en particular, sino el sectarismo que genera, alienta y consiente esta última. Porque no me cabe duda de que esto no fue un hecho aislado, surgido desde la irreflexión absurda de unos cuantos que no saben lo que están haciendo. Que el propio ingeniero Cárdenas haya relativizado ese vergonzoso ataque en su contra habla por supuesto de su estatura moral y de que no pretende alimentar con su condena el escándalo que debería provocar dicha acción. Creo, sin embargo, que hoy es el momento en que hay que denunciar y detener a esos grupos de corte fascista que, al igual que en la Alemania nazi, hostigaban, perseguían, intimidaban, golpeaban y eventualmente asesinaban a sus adversarios. Si esto le hacen al líder moral de la izquierda, si no hay un freno desde los propios liderazgos sectarios, nadie podrá estar a salvo de la violencia política. Llegará el momento en que la serpiente devorará su cola.

El ataque a Cuauhtémoc Cárdenas no es un suceso extraordinario o azaroso. Tiene antecedentes cercanos, como el perpetrado contra Carlos Marín o contra otros personajes no gratos o incómodos para quienes se sienten detentores de la pureza revolucionaria. Forma parte de un comportamiento alimentado por un pensamiento sectario que condena a todo el que no piense como él. Quienes están detrás del mismo se visualizan como poseedores absolutos de la verdad y actúan en consecuencia, linchando públicamente a quienes se les oponen o se atreven a criticarlos. Sus posturas son por ello casi religiosas, inquisitoriales o incluso mesiánicas; el que no los siga está condenado. No dudan en calificar a los demás como traidores o en usar los peores adjetivos para denigrar o desprestigiar a sus adversarios, incluso dentro de su partido o de una misma tendencia política. Lo hacen con una irresponsabilidad inquietante, pues no parece importarles (incluso parecería que buscan) el deterioro de las formas democráticas, es decir, pacíficas, de convivencia política.

Lo más grave del asunto es que los principales actores de la denigración del adversario y del sistema democrático no son esa plebe informe, ignorante y turbulenta que Marx llamaba “lumpenproletariado”. Ellos no son más que los instrumentos inconscientes de personajes más ilustres que no han dudado en llamar “traidores” al ingeniero Cárdenas, a los principales dirigentes del PRD o a los personajes de los medios que han osado contradecirlos o simplemente estar en desacuerdo. Los discursos están allí, para el que quiera revisarlos y recordarlos.

La tragedia es que estas posturas penetran también muy fácilmente en la juventud. Hace unos meses discutí con un joven universitario, matemático, que señalaba que Cuauhtémoc Cárdenas había traicionado a la izquierda y no hacía más que repetir ese discurso. Obviamente no tenía la menor idea de lo que estaba diciendo, entre otras razones porque había nacido en la década de los 90. Toda su información estaba distorsionada por ese discurso sectario.

Pocos recuerdan que no fueron los zaristas ni la ultraderecha los que le dispararon a Lenin, el 30 de agosto de 1918, provocando su posterior muerte. Fue una revolucionaria que había estado en prisión en Siberia por haber intentado a los 19 años matar al gobernador de Kiev, en 1906, y que fue liberada por la revolución en 1917. Al ser capturada, señaló en su declaración: Mi nombre es Fanya Kaplán. Hoy disparé a Lenin. Lo hice con mis propios medios. No diré quién me proporcionó la pistola. No daré ningún detalle. Tomé la decisión de matar a Lenin hace ya mucho tiempo. Lo considero un traidor a la Revolución.

roberto.blancarte@milenio.com