La felicidad según Francisco

La fórmula de la felicidad del Papa actual es menos impactante que la de san Francisco, pero nos retrata su visión (su filosofía podríamos decir) de la vida.

No todos tenemos la misma idea de lo que es la felicidad o cómo alcanzarla, aunque al parecer ese es un ideal que todos los seres humanos compartimos. Hay quien cree que la felicidad está en el dinero. Otros piensan que en el poder o en la fama. Muchos la buscan en las cosas más simples o incluso en la anulación del deseo. Pero hay quienes la encuentran en el amor, en la esperanza e incluso en el dolor. Por eso me llamó la atención el conjunto de respuestas que el papa Francisco dio respecto a la pregunta ¿cuál es la fórmula de la felicidad? Sobre todo porque va en un sentido muy distinto, aunque no necesariamente opuesto, a lo que sobre el propio tema habría dicho el santo que le dio el nombre a este pontífice romano. Lo cual no lo hace mejor ni peor que él, solo distinto. Pero al mismo tiempo muestra cómo dentro del mismo cristianismo, incluso a esos niveles, surgen maneras distintas de observar la vida y el propósito del ser humano en la tierra.

Digo lo anterior porque hace algunos años leí un libro que, si no mal recuerdo, me lo envió a mediados de los 90 su autor, el cardenal Poupard, entonces presidente del Consejo Pontificio para la Cultura de la Santa Sede. El libro que no puedo citar ahora más que de memoria, porque alguien lo sustrajo de mi biblioteca, se titula Felicidad y fe cristiana. En él se describía la visión de la felicidad de algunos santos del catolicismo, entre ellos la de san Francisco de Asís. Me acuerdo muy bien porque realmente me impactó y me hizo entender mucho del espíritu cristiano. Según este libro, a san Francisco le habrían hecho la misma pregunta y él respondió que la felicidad se podía encontrar si un día san Francisco y otro fraile salían de su convento y caminaban en el bosque, pero se extraviaban y vagaban en el mismo durante días sin tener nada qué comer y poco qué beber, hasta que finalmente cansados, hambrientos y sedientos, encontraban el camino de regreso, tocaban a las puertas del monasterio y quien estaba a cargo de la entrada no los dejaba pasar porque no los reconocía. “Eso es la felicidad”, habría dicho san Francisco. Cuando yo leí esto, no lo podía creer, hasta que entendí que, viniendo de alguien que se identificaba con las llagas y las heridas sufridas por Jesús de Nazaret, comprendía la felicidad como la posibilidad de compartir la pasión, es decir el sufrimiento de Jesucristo. Allí entendí por qué muchos cristianos identifican el dolor y el sufrimiento con la felicidad. No es ciertamente mi idea de la felicidad y, por lo que vi, tampoco la del papa Francisco.

La fórmula de la felicidad del Papa es menos impactante, pero nos retrata su visión (su filosofía podríamos decir) de la vida: 1) “Vive y deja vivir” (lo cual yo interpreto como un esfuerzo de tolerancia); 2) “Darse a los demás” (lo que curiosamente el pontífice identifica con la idea de no estancarse); 3) “Moverse remansadamente”, es decir con benevolencia y humildad; 4) “Jugar con los chicos” (lo que identificó a una sana cultura del ocio, leer, disfrutar del arte); 5) “Compartir los domingos con la familia” (ni siquiera dijo ir a misa); 6) “Ayudar a los jóvenes a conseguir empleo” (para que no caigan en las drogas y recuperen su dignidad al llevar el pan a casa); 7) “Cuidar la naturaleza”; 8) “Olvidarse rápido de lo negativo”; 9) “Respetar al que piensa distinto” (lo cual nos remite nuevamente al primer consejo, aunque también lo identificó con una negativa al proselitismo religioso). Esto es obviamente una crítica a las iglesias evangélicas en América Latina. “La Iglesia —dijo— crece por atracción, no por proselitismo”. No estoy seguro de que san Pedro y san Pablo aprobarían este consejo. Y finalmente: 10) “Buscar activamente la paz” (pues por lo visto la oración conjunta en el Vaticano con el presidente palestino e israelí no sirvió de mucho). Todo interesante, pero nada que no encuentre uno en los libros de autoayuda y superación personal. El otro detalle es que, de manera sintomática, el Papa no metió a Dios para nada en este asunto. Lo cual no es necesariamente una mala señal, sino un indicador de que más allá de Él, hay aquí cosas muy concretas por hacer.

roberto.blancarte@milenio.com