La excepcionalidad de Lorenzo Zambrano

No tenía límites y no le gustaba que la gente los tuviera: “No se pongan barreras. Vamos a hacer las cosas de manera diferente”, insistía. Deja pues un enorme hueco en nuestro país.

Yo no conocí personalmente a Lorenzo Zambrano, pero tengo muchas imágenes suyas gracias a mi hermano Ricardo, quien trabajó con él desde antes de que Zambrano se convirtiera en lo que llegó a ser: el empresario más global de México. Lorenzo Zambrano tenía 35 años en 1979 y era el gerente de la Planta de Cementos Monterrey cuando contrató a mi hermano (que tenía 26 años) como jefe de Hornos de la misma. Lo sacó de una pequeña y polvorienta planta de cemento de otra compañía en Mármol, Sinaloa, situada a 30 kilómetros al norte de Mazatlán. En esa época Cementos Monterrey era una empresa regional, relativamente pequeña, pues tenía apenas ocho plantas en México. En 30 años pasó a ser la tercera mayor cementera y la primera concretera del mundo, con presencia en más de 50 países, en todos los continentes. Mi hermano llegó a ser miembro del corporativo en el área de recursos humanos, director de Cemex en Panamá y luego en Colombia.

En 1981 Zambrano fue nombrado director de Operaciones de Cementos Monterrey, a cargo de cuatro plantas (las de Monterrey, Cementos del Norte, Ciudad Valles y Torreón). El joven emprendedor tenía 41 años cuando fue nombrado director general en 1985, con el apoyo de los miembros del Consejo, entonces presidido por su tío, el arquitecto Marcelo Zambrano. Convirtió a Cemex, a la que le dedicó literalmente hasta su último aliento, en el propósito de su vida.

Apenas empezaba a circular el tema de la apertura (la entrada al GATT) y él la vio como una oportunidad para convertir a una compañía casi familiar en una empresa global. ¿Cómo le hizo para lograrlo?: “Él definía una estrategia y la aplicaba con una constancia y congruencia enorme. Primero dijo: ‘Zapatero a tus zapatos’ porque en los 80 hubo intentos de meterse en petroquímica y hasta en hotelería. Pero Zambrano corrigió y apuntó: ‘Vamos a hacer de Cemex la cementera más rentable, eficiente y globalizada del mundo’. En esos años no se tenía muy claro lo que quería decir globalizada, pero luego se fue entendiendo.” Lo primero que hizo para lograr sus objetivos fue contratar gente capacitada. La primera clave del éxito fue entonces la profesionalización de la empresa. Esto significó digitalización. Los sistemas de comunicación internos se hicieron mucho más eficientes a través del uso de nuevas tecnologías, cuando otras empresas seguían en la edad de piedra. También replanteó el sistema de compensación a los empleados: compensación variable, según resultados, bonos de productividad, stock options y otras formas de estimular el rendimiento. Los directivos nunca dejaron de capacitarse. Zambrano convirtió a Cemex en una organización de alto desempeño para que la gente se desarrollara profesionalmente, que viera su trabajo como un reto, que se sintiera satisfecha y que diera el máximo de su capacidad. Cemex siempre estaba en restructuración, buscando economías de escala y haciendo más eficientes sus procesos.

En esa época, en Monterrey, la industria de cemento era vista (de manera distinta a Alfa o Vitro), como polvorienta. Lorenzo convirtió el polvo en un producto y aprovechó para reciclarlo, venderlo y mejorar el medio ambiente.

Zambrano transformaba los problemas en oportunidades: ante las acusaciones de dumping en Estados Unidos, la compañía terminó por invertir en cementeras estadunidenses y posicionarse en dicho mercado, convirtiéndose también en una de las mayores traders del mundo.

Lorenzo tenía ciertas características personales que lo convertían en un gran líder: respetuoso de sus colaboradores, no dejaba cabos sueltos, era muy congruente entre sus afirmaciones y acciones, por lo mismo exigente, firme e intransigente en el rumbo, nunca completamente satisfecho con lo alcanzado. Y finalmente, incansable. Citaba cada mes a todos sus directores de cada país en cualquier parte del mundo. Enero podía ser Londres, febrero Monterrey, marzo Houston y abril Madrid. No tenía límites y no le gustaba que la gente los tuviera: “No se pongan barreras. Vamos a hacer las cosas de manera diferente”, insistía. Deja pues un enorme hueco en nuestro país y no es por azar que será extrañado.

roberto.blancarte@milenio.com