La caja negra del futbol nacional

Lo digo cada cuatro años, el problema no es coyuntural y no tiene que ver con detalles arbitrales o de desempeño, sino con cuestiones estructurales relacionadas con las decisiones centrales alrededor de la selección.

Después de una derrota como la del domingo, como cada cuatro años, México se divide en dos: los que dicen que la selección nacional nunca podrá pasar del nivel que ha mostrado hasta ahora (otros agregan, a menos que haya cambios en el futbol mexicano) y los que renuevan su esperanza cuatrienal, elogiando la entrega de los jugadores y el carisma del entrenador. Los primeros mantienen un pesimismo informado y cultivado con la experiencia; los segundos desarrollan un optimismo alentado más por la incesante publicidad que por los resultados obtenidos. La primera se resume en la frase “jugamos como nunca y perdimos como siempre” y la segunda funda su ilusión cuasi-religiosa en el “ya merito” y en una esperanza solo postergada por cuatro años más. Los primeros generalmente serán más críticos con la selección y señalarán todo lo que se hizo mal, desde la manera de convocar a los futbolistas y la falta de concentración de algunos jugadores, hasta los errores en los cambios hechos por el entrenador. Los segundos le echarán la culpa al árbitro portugués, al clavado de Robben o a nuestra mala suerte. Luego hay otras divisiones que siguen a ésta: hay quienes consideran que lo sucedido a la selección es un reflejo de lo que pasa en el país, es decir que nuestras derrotas futboleras son el reflejo de nuestro fracaso como nación; los oscuros manejos del futbol reproducirían la corrupción en el resto de la sociedad. Otros, por el contrario, distinguen lo que sucede en el microcosmos de la Federación Mexicana de Futbol, de lo que pasa en el país. En otras palabras, si aquello es un desastre, eso no tiene por qué reflejarse en nuestro desarrollo nacional o en nuestro PIB. Tampoco lo contrario; si alguna vez somos campeones, eso no nos sacará automáticamente del subdesarrollo o del estancamiento económico y político.

Lo cierto es que hay datos duros para analizar, por más optimistas y pesimistas que seamos: ha estado pasando lo mismo cada cuatro años, desde hace varias décadas, con ligeras variantes. La selección no puede pasar a cuartos de final fuera de México. Los equipos que nos ganaron no son siempre grandes; en ocasiones eran de nuestro nivel, como Bulgaria o Estados Unidos. Esos son hechos irrefutables. Como decía un jefe que tuve: “En la vida, lo único que cuenta son los resultados”. El domingo perdimos. Todo lo demás es especulación.

Se dice que los futbolistas jugaron bien, lo cual comparto. De hecho mejor de lo que muchos esperaban y el funcionamiento colectivo también mejoró, con resultados inesperados, sobre todo después del terrible proceso para calificar al mundial. Se dice igualmente que El Piojo Herrera resultó mejor entrenador de lo que muchos pensaban, lo cual es cierto, pero relativo, pues están en duda los cambios que hizo o la falta de dirección en la segunda parte del juego de Holanda. Pero todo eso sigue siendo parte del insoluble debate. Todavía hoy estamos discutiendo (los que nos acordamos) si Miguel Mejía Barón debió haber metido a Hugo Sánchez en el último partido contra Bulgaria, a lo cual agregaremos si Herrera debió haber metido a Aquino. Y si no hubiera metido al Chicharito algunos estarían señalándolo como factor de la derrota. Lo cierto es que los mundiales nos convierten a todos en directores técnicos y eso es parte del juego, pero nunca sabremos lo que habría pasado si la selección o el entrenador hubiesen actuado de manera distinta.

En lo personal, y también lo digo cada cuatro años, me parece que el problema no es coyuntural y no tiene que ver con detalles arbitrales o de desempeño, sino con cuestiones estructurales relacionadas con las decisiones centrales alrededor de la selección: quién o quiénes deciden el nombre del entrenador y quién o quiénes deciden los nombres de los seleccionados. Mi mujer, Sandra Kuntz, escribió un artículo en la revista Este País (de junio) en la que señala este punto: no se puede permitir que los poderes fácticos definan la conformación de la selección nacional, porque a la larga eso tiene consecuencias. Y yo agregaría: el problema es que la Federación Mexicana de Futbol sigue siendo una caja negra, que nadie se atreve a revisar.

roberto.blancarte@milenio.com