Me cago en Dios

Esta frase es un ejemplo de blasfemia que algunos españoles acostumbran, así como otras parecidas. Es, aunque usted no lo crea, una victoria de Occidente sobre el resto del planeta, que en algunas partes, sobre todo en el mundo musulmán, todavía se castiga con penas de cárcel y de muerte.

Esta frase, por lo demás poco elegante, es un ejemplo de blasfemia que algunos españoles acostumbran, así como otras parecidas (me cago en la hostia, etcétera). Es sin embargo, aunque usted no lo crea, una victoria de Occidente sobre el resto del planeta, que en algunas partes, sobre todo en el mundo musulmán, todavía se castiga con penas de cárcel y de muerte a quienes se atrevan a ofender lo que por lo menos un sector del islam considera sagrado. Al hacer una distinción entre la ley civil y la religiosa, es decir al secularizar la vida pública, el mundo occidental hizo posible que la blasfemia fuese parte de una libertad mayor, que es la libertad de expresión. En otros lugares esa libertad no incluye satirizar, es decir ridiculizar a la religión y sus componentes o personajes principales. En Occidente sí se puede. Con lo anterior se puede estar o no de acuerdo, pero más allá de ideologías, gustos y sensibilidades, hay varios problemas de fondo, que se requieren aclarar.

Es falso que la libertad de expresión no tenga límites. Los tiene y son más o menos precisos; no se puede injuriar sin razón o difamar a una persona o institución. El problema con las creencias religiosas y sagradas en general es que la gente puede considerar como injuriosas o blasfemas muchas cosas que para otros no lo son. Y si se prohibiera decir o expresar cualquier cosa que otra persona considera como sagrada simple y sencillamente no acabaríamos. Para empezar porque en nuestras sociedades plurales la libertad es de por sí ya una cosa sagrada y cuestionar la libertad de expresión sería desde esa perspectiva una blasfemia. Así, la sociedad occidental ha avanzado en la posibilidad de que cada quien diga lo que piensa, incluso cuestiones que para otros son irreverentes, sin ser por ello castigado.

El punto central es que en materia religiosa y de creencias lo que para unos es verdad para otros no lo es. Por lo tanto, a menos que estemos en una sociedad (como las islámicas) donde todo mundo está obligado a creer en lo mismo (salvo algunos tolerados) y a nadie se le permite cambiar de religión, es prácticamente imposible definir lo qué es una blasfemia, castigable por la ley civil. Doy un ejemplo: me metí a internet a buscar ejemplos de blasfemias y allí mucha gente contesta que blasfemar “es decir que Dios no es bueno”, o simplemente “negar su existencia”, lo cual convertiría en blasfemos a muchos agnósticos y a todos los ateos. En México hay millones de ellos. Pero esto va más allá. También encontré como posible blasfemia “creer que Dios es una trinidad”, lo cual muestra claramente que lo que para unos es dogma para otros es blasfemia. En suma, cualquier cosa que uno diga puede ser considerada blasfema por otro. Por este tipo de razones, la blasfemia es parte de la libertad de expresión.

El otro problema fundamental es el de individuos o grupos religiosos que quieren imponer a todos su forma de ver el mundo. No contentos con establecer en sus países las leyes más coercitivas en la materia, quieren que otros países, con otras tradiciones, también lo hagan. Extienden su brazo castigador con fatwas o condenas, fuera de sus fronteras. La gran tragedia es que en esto son ayudados por jóvenes ciudadanos en países de Occidente, como fue el caso del asesinato de los caricaturistas de Charlie Hebdo.

Finalmente, no debemos olvidar que aunque aquí en México esos problemas pueden parecer lejanos porque hay pocos musulmanes (y serlo no significa ser intolerante), hay en nuestro país muchos fanáticos e intolerantes, católicos y cristianos en general. Son los que han dado golpizas a actores de teatro por burlarse de símbolos religiosos, los que han presionado para prohibir exposiciones artísticas o películas, los que incluso han condenado al abad de la Basílica por no creer en la existencia histórica de San Juan Diego. Pero, además, no se necesita ser religioso para ser intolerante. Como cada quien puede considerar lo suyo como sagrado, hay quienes se consideran con el derecho de agredir a los que se atrevieron a criticar a su movimiento o a su líder político. Tienen todos ellos un pequeño fundamentalista en su corazón.

roberto.blancarte@milenio.com