La banalidad del mal

Corcuera era una buena persona, por lo menos en apariencia y en el sentido que le solemos atribuir en México a aquellos que no son intrínsecamente ni malos ni maliciosos. Denotaba una cierta ingenuidad en su manera de ver las cosas de la legión.

La muerte de Álvaro Corcuera, ex superior de los Legionarios de Cristo, me hizo recordar la idea, impulsada por Hannah Arendt con motivo del juicio de Adolf Eichmann en Israel, de cómo el mal no es necesariamente el gran demonio actuando para imponerse, como fue el caso de Hitler y su grupo cercano, sino que aparece en los actos aparentemente inocentes y banales de muchas personas, que “solo siguieron órdenes” y no pensaron ni quisieron cuestionar ideas inmorales (como la discriminación a los judíos) de un orden establecido porque se consideraba sagrado e intocable. La maquinaria burocrática puede permitir eso: unos solo aprehendieron a los judíos, otros los subieron a los vagones de ferrocarril (y supuestamente no sabían que era con destino a los campos de exterminio) y otros fueron los que los ejecutaron en las cámaras de gas. El nazismo estaba lleno de buenas personas con buenos deseos. De esos con los que dicen está pavimentado el camino al infierno.

Conocí a Álvaro Corcuera cuando trabajé como consejero de la embajada de México ante la Santa Sede, a mediados de los años 90. Tenía prácticamente mi misma edad y acudía a la embajada cada vez que invitábamos a los miembros de distintas congregaciones a cocteles o cenas de la representación mexicana. Yo bromeaba con él y le decía “primo” en broma, porque resulta que, en efecto era primo de unos primos muy lejanos. Él mismo me contó que el papa Juan Pablo II (a quien había conocido desde su primer viaje a México, en enero de 1979, cuando Maciel lo incrustó entre los ayudantes cercanos del pontífice) lo llamaba “il rettorino” (el rectorcito), porque era definitivamente muy joven comparado con otros rectores de seminarios de otras congregaciones. Era entonces el rector del Ateneo Pontificio de Roma, institución que se dedicaba a capacitar a los centenares de jóvenes legionarios, siguiendo el modelo impuesto por Marcial Maciel. Era, se podría decir, una buena persona, por lo menos en apariencia y en el sentido que le solemos atribuir en México a aquellos que no son intrínsecamente ni malos ni maliciosos. Denotaba una cierta ingenuidad, casi infantil, en su manera de ver las cosas de la legión. Era, por lo demás, una característica que compartía con muchos de sus colegas legionarios, lo cual me hace pensar que, si bien podía ser un atributo personal, también era una marca de una congregación que los dejaba, intencionalmente, en un estado de adolescencia permanente.

En nuestras conversaciones sobre la historia y actividades de los Legionarios de Cristo siempre me llamó poderosamente la atención el enorme culto a la personalidad que no solo él, sino todos estos muchachos adoctrinados habían desarrollado alrededor de la figura mítica y prácticamente divinizada de Marcial Maciel. Nunca antes ni después he visto algo así, salvo en el caso del nazismo: el fundador, o “nuestro padre”, como le solían llamar era un héroe alimentado por burdas historias, evidentemente creadas para inflar la imagen de un santo, pero cercano al poder. Como aquella “anécdota”, que leí en alguno de sus libros-panfletos, en la que, siendo muy joven Marcial Maciel se había encontrado en Roma con un hambriento sacerdote polaco, a quien habría ayudado y que después resultaría ser Juan Pablo II. Bueno, pues los legionarios creían esas burdas historias, propias de niños, diseñadas para mantener el culto extremo a la figura de un simple mortal, que luego sería desenmascarado como un abyecto criminal.

Nunca vi a Corcuera después de que estalló el escándalo alrededor de Marcial Maciel, allá por 1997. Pero sí sé que desde entonces hasta el retiro forzado del fundador de la Legión, él como la mayoría de los miembros de la congregación, permanecieron respaldándolo, protegiéndolo con el silencio y con la incredulidad, a pesar de haber sido testigos durante años de las irregularidades y anomalías en la arbitraria y manipuladora gestión de Maciel. Quizás porque no supieron de sus fechorías. Quizás porque no quisieron saber de ellas. En suma, la banalidad del mal, de aquellos que no quisieron pensar y prefirieron seguir órdenes, eliminando su conciencia y libertad personal. Descanse en paz.

roberto.blancarte@milenio.com