Un año con Francisco

Se cumplirá un año de la elección de Jorge Mario Bergoglio como obispo de Roma. Este papa ha tenido gestos trascendentales, que van más allá de lo que se esperaba de él.

Este jueves se cumplirá un año de la elección de Jorge Mario Bergoglio como obispo de Roma y, por lo tanto, como cabeza de la Santa Sede. En este breve periodo, el que fue arzobispo de Buenos Aires se ganó el perdón de muchos de sus antiguos detractores, la confianza de la gran mayoría de los fieles católicos y el respeto de muchos que no necesariamente comparten ni sus creencias ni su visión del mundo. ¿Cómo logró esto el Papa y en tan poco tiempo? La respuesta es compleja, pero puede simplificarse. Es decir, uno puede alegar que hay un carisma de la función pontificia, que inmediatamente le da a quien ocupa el trono de San Pedro una gracia particular. Todo lo que hace o dice el Papa se convierte en nota periodística y cualquier gesto normal (como pagar su cuenta de hotel o tocar a un enfermo) se vuelve digno de elogio. Pero lo cierto es que este papa ha tenido gestos trascendentales, que van más allá de lo que se esperaba de él y que permiten comprender su enorme popularidad. Para comenzar con su nombre en tanto papa: Francisco, como el más humilde de todos los fieles que haya conocido la Iglesia. Ni siquiera los franciscanos que fueron elegidos papas tomaron el nombre de su fundador. El primero de ellos, que ciertamente no era muy humilde, se hizo llamar Nicolás IV, el segundo franciscano se puso Sisto IV (con lo que le dio nombre a la Capilla Sixtina). El tercero, hacia finales del siglo XVI, se hizo llamar Sisto V y tuvo fama de cruel. El cuarto franciscano papa se llamó Clemente XIV y tuvo el dudoso honor (la vida da muchas vueltas) de firmar en 1773, presionado por Francia y España (y a cambio de algunos territorios), la disolución de la Compañía de Jesús. La paradoja es que sería dos siglos y medio después el primer Papa jesuita quien tomara el nombre del fundador de la Orden de los Frailes Menores o franciscanos.

La segunda razón que explica el enorme éxito del papa Francisco es su abandono real de todos los símbolos de poder que los papas adquirieron desde el Imperio romano y los reinos bárbaros que le sucedieron: el boato de las procesiones, el uso del palio, la estola y los zapatos rojos, el cetro, el bastón, el báculo y el anillo episcopal. En esto es un seguidor de Juan XXIII, quien dejó de usar la tiara o mitra, la corona de triple anillo. Pero dentro de estos símbolos quizás el más importante es el abandono como residencia del Palacio Apostólico. Ciertamente, éste permanece para efectos protocolarios, lo cual significa que el Papa no ha dejado atrás todos sus símbolos de poder. Pero el hecho de haberse ido a vivir a un simple departamento de la residencia de Santa Marta o de ser transportado en un automóvil sencillo marca claramente su intención de mostrar con el ejemplo a sus hermanos obispos, acostumbrados al boato, la simplicidad con la que deben de vivir. Y aunque no todos le han hecho caso, el ejemplo cotidiano de sencillez del sumo pontífice (por cierto, otro título proveniente del Imperio romano) sigue siendo un recordatorio cotidiano para todo el episcopado y para más de un sacerdote.

Pero quizás la razón más duradera del éxito del Papa actual es su inclinación por la praxis más que por la doctrina. Eso le ha permitido tener un poco más de misericordia con los propios fieles católicos que no siguen a pie juntillas los dictados del Vaticano, lo cual marca por lo menos el intento de dejar atrás la obsesión condenatoria de la Iglesia, inaugurada por Juan Pablo II en la última década del siglo pasado. “Veo con claridad —dijo— que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas”. En suma, la misericordia de Francisco es lo que le ha dado un lugar en los corazones de muchos. Quizás todo ello no es suficiente para transformar a la Iglesia. El papa Francisco no se ha distinguido hasta ahora por los grandes cambios doctrinales. Pero por lo menos está intentando que los jerarcas dejen de perseguir a sus fieles.

roberto.blancarte@milenio.com