El Vaticano y el pueblo católico

La historia de la Iglesia católica, como la de todas las religiones con preceptos rígidos, es la de una lucha permanente entre las creencias y convicciones del pueblo, frente a una doctrina que quiere dictar lo que se debe o no creer y, por lo mismo, lo que se puede o no hacer. Mientras las religiones son sectarias y pequeñas, como lo fue el cristianismo en su origen, el problema es menor. Pero una vez que éstas se masifican, la posibilidad de mantener una visión uniforme se vuelve prácticamente imposible. De esa manera, la religión popular termina por imponerse en la vida cotidiana, mientras que la doctrina suele ser marginada, pero al mismo tiempo controlada por algunos sectores de la comunidad. Nacen de allí diferencias entre un grupo de expertos que conocen las normas morales y el resto de la gente, que no siempre está de acuerdo ni se acomoda a ellas. Es por eso que el anuncio acerca de la realización de un cuestionario por parte de la curia romana al pueblo católico, en temas centrales de la moral individual y familiar, se vuelve relevante. Detrás de este ejercicio se vislumbran cuestiones vitales acerca de la vida de la Iglesia, como la relación entre clero y laicos, la posible redefinición doctrinal de la institución en materias de moral individual y familiar, así como el papel de la Iglesia en cuestiones de la vida pública.

El solo hecho de que se haya elaborado un cuestionario para interrogar a los feligreses es ya un enorme avance. Sin embargo, existen cuestiones “metodológicas” respecto al ejercicio de investigación. Son una treintena de preguntas que giran en torno a diversos temas, pero que tienen un evidente eje central: están hechas para saber en qué medida las enseñanzas de la Iglesia son realmente seguidas por la gente y hasta qué punto son incluso criticadas dentro y fuera de la Iglesia. El cuestionario pregunta, por ejemplo: “Allí donde se conocen las enseñanzas de la Iglesia, ¿son éstas integralmente aceptadas? ¿Se verifican dificultades para ponerlas en práctica? ¿Cuáles?”, o “¿En qué medida —y en particular en relación a qué aspectos— dichas enseñanzas son realmente conocidas, aceptadas, rechazadas y/o criticadas en ambientes extra eclesiales? ¿Cuáles son los factores culturales que obstaculizan la plena recepción de las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia?”. Lo anterior significa que hay una evidente disposición en quien hizo las preguntas para saber cuáles son las brechas existentes entre la pastoral de la Iglesia y lo que los creyentes comunes piensan, creen y, sobre todo, practican. Podemos suponer, sin embargo, que a muchos sacerdotes y obispos no les gustará ni siquiera la idea de que se le esté preguntando a la gente. Desde su perspectiva, el pueblo es ignorante y no tiene la verdad. Señalan que la Iglesia no depende de lo que digan las mayorías, sino de “lo que diga Dios”. El pequeño problema es que a Dios es muy difícil entrevistarlo o hacerle un cuestionario. Por lo tanto, la pregunta es: ¿Cómo se va a organizar ese cuestionario? ¿A quiénes se les va a preguntar? ¿Cómo se van a elaborar las conclusiones? Hay quien dice, por ejemplo, que los párrocos van a organizar todo esto, pero ¿con quiénes? Evidentemente habrá un sesgo si el cuestionario solo se aplica a las parejas que asisten periódicamente a la Iglesia o en grupos organizados y no se les pregunta a los fieles a la salida de misa o incluso a aquellos que se identifican como católicos pero que no van a las ceremonias religiosas. Así que los resultados no van a mostrar grandes diferencias respecto a la pastoral oficial, simplemente porque quienes terminarán seleccionando los grupos encuestados, interpretando las repuestas y ofreciendo las conclusiones son los mismos que se oponen a cualquier cambio. Como lo dijo ya el propio secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano, “hay cosas que no pueden cambiar porque ya han sido instituidas por Jesús”. Entonces, ¿para qué hacer un cuestionario? Qué pronto se les olvidó cuando el Papa dijo que “los obispos no están allí para regañar y castigar al pueblo de Dios, sino para ‘acompañarlo’, para cuidarlo, para curarlo”.