El Vaticano y Medio Oriente

Tres preocupaciones en Medio Oriente: la situación de los cristianos en la región, la protección y acceso a lugares santos, y el establecimiento de una paz duradera que garantice las dos primeras.

Un viaje como el del papa Francisco realizado en días recientes a Medio Oriente, suele estar lleno de sobreentendidos, pero también de malentendidos. El motivo oficial fue lo que se dio en llamar una “peregrinación” de Francisco a Tierra Santa, con motivo del 50 aniversario del encuentro en Jerusalén entre el papa Paulo VI y Atenágoras I, patriarca ecuménico de Constantinopla Nueva Roma. El motivo es por lo tanto “religioso” en el sentido de que se trata de un encuentro ecuménico entre católicos y ortodoxos, pero en virtud del contexto internacional, también es “político”, en la medida que se trata de fortalecer de alguna manera la presencia del cristianismo en la zona. Es este un claro ejemplo de cómo la Santa Sede (es decir el gobierno de la Iglesia y del Estado de la Ciudad del Vaticano) se mueve usando ambas lógicas: la religiosa y la política.

El Vaticano tiene tres preocupaciones centrales en Medio Oriente: la situación de los cristianos en toda la región, la protección y acceso a los lugares santos, particular pero no únicamente en Jerusalén y por ende el establecimiento de una paz duradera que garantice las dos primeras. El juego es múltiple, porque la zona es mayoritariamente musulmana. Sin embargo, la creación del Estado de Israel y su predominio militar regional, que para los musulmanes, árabes, persas o turcos, aparece como un enclave de Occidente, modificó el panorama desde 1948 y sobre todo desde la Guerra de los Seis Días en 1967. Los católicos son una minoría ya entre los propios cristianos, pues hay allí muchas Iglesias cristianas históricamente asentadas, incluso desde antes de la constitución de la Iglesia de Roma; la hoy llamada ortodoxa, por supuesto, pero también la greco católico melquita, la católico maronita, la ortodoxa siria, la copta, sin olvidar la presencia protestante. No hay cifras muy confiables del número de cristianos (de todas las denominaciones) en el área y las guerras recientes no han ayudado a tener número más precisos. Por ejemplo, hay quienes señalan que en Irak hay un millón de cristianos de un total de 31 millones de habitantes en el país. Pero hay quienes ponen esa cifra en 300 mil. Lo único cierto es que el número de cristianos en la región tiende a disminuir, por falta de garantías y de estados que garanticen una libertad religiosa y el derecho a una cultura propia de las minorías. Curiosamente, eso va en sentido contrario a la tradición musulmana, que siempre toleró la presencia de dichas minorías “del libro”, es decir de cristianos y judíos.

La Iglesia que en realidad ha resentido mucho más esta baja de cristianos en la zona es la ortodoxa, porque es la que históricamente estuvo allí, como muestran muchas de las Iglesias del cristianismo primitivo escarbadas en cavernas de Capadocia o esparcidas en el mundo griego. La de Constantinopla sufrió más los embates del conflicto greco-turco, quedando reducida a unos cinco mil seguidores en dicha urbe, aunque con jurisdicción sobre los griegos en otras partes del mundo.

En Israel, los cristianos de todas las iglesias constituyen apenas un 10 por ciento de la población árabe, en su mayoría musulmana, que a su vez es una quinta parte de la población total (unos 8 millones de habitantes).

Aquí es donde adquiere sentido la “peregrinación” del papa Francisco. Conmemorar el encuentro hace medio siglo de su antecesor Paulo VI con Atenágoras I, es recordar que en aquella ocasión el pontífice romano y el patriarca de la Nueva Roma (Constantinopla) prepararon todo para que el día del fin del Concilio Ecuménico Vaticano II se levantaran oficialmente las excomuniones mutuas que se habían decretado desde el primer milenio y que se hicieron más que oficiales en el año 1054.

El mensaje en pro de la unidad de los cristianos, importante solo de manera simbólica (pues la división sigue existiendo) viene, por supuesto, acompañado por un llamado a los otros actores religiosos y políticos de la región, quienes entienden la importancia de los gestos. Por eso el presidente de Israel y el de la Autoridad Palestina aceptaron ir a rezar al Vaticano. Aunque de allí a la paz haya todavía un largo tramo por recorrer.

roberto.blancarte@milenio.com