Registrar a un hijo

Renuencia de algunos funcionarios civiles de nuestra constitucional República laica a registrar a los bebés de parejas del mismo sexo, bajo argumentos jurídicos estrechos que olvidan el espíritu de la Ley Orgánica que estableció el Registro Civil hace más de 150 años.

Las historias con “h” minúscula, en muchas ocasiones no toman en cuenta las Historias con “H” mayúscula. Lo que sucedió en las semanas recientes en Nuevo León es una historia que terminó bien porque quizás algún funcionario recordó el sentido de la Historia de nuestro país y en particular de las Leyes de Reforma, las cuales establecieron las bases del Estado moderno en México. Antes de ellas existían registros de las personas, pero ellos estaban confiados a la Iglesia católica, que era la que ponía en actas los nacimientos, matrimonios y defunciones. Pero esta labor, sin duda alguna loable, no permitía que hubiese ciudadanos que no fuesen católicos, pues la Iglesia no podía ni quería registrar más que a los miembros de su Iglesia. Cuando solo había una religión establecida (la católica) no había problemas mayores. Pero era obvio que un Estado moderno requería tener un registro “civil” (es decir, no religioso) propio, que estableciera los registros, la capacidad jurídica y eventualmente la ciudadanía a todos aquellos que hubiesen nacido en el territorio nacional o, que por diversas razones (matrimonio por ejemplo), quisieran adquirir nuestra nacionalidad. De esa manera, en enero de 1857 el entonces presidente Ignacio Comonfort promulgó la Ley Orgánica del Registro Civil. Ésta fue el antecedente de la ley del mismo nombre promulgada por Benito Juárez el 28 de julio de 1859, en plena Guerra de Tres Años o de Reforma. Establecer el registro civil de los nacimientos no fue una tarea fácil en México. Las costumbres y la tradición católica, la ignorancia y la indiferencia complicaron la labor de registro ciudadano. Tuvieron que pasar muchas décadas para que, poco a poco y a fuerza de estímulos positivos y negativos, la gente se acostumbrara a llevar a registrar a sus hijos ante las autoridades civiles.

La enorme paradoja que observamos ahora es producto de la renuencia de algunos funcionarios civiles de nuestra constitucional República laica a registrar a los bebés de parejas del mismo sexo, bajo argumentos jurídicos estrechos que tienden a olvidar el espíritu de la Ley Orgánica que estableció el Registro Civil hace más de 150 años. Sucedió en el estado de Nuevo León, donde probablemente el temor y una cultura católica difusa llevó al director del registro civil (muy amablemente eso sí) a negarse a registrar al hijo recién nacido de una pareja de mujeres homosexuales. Según el testimonio de una de ellas, el funcionario habría sugerido incluso que las mujeres buscaran al padre biológico (un donante anónimo) para que él registrara al niño. Además de la insensatez de pretender que se busque a un donante anónimo, la propuesta era por supuesto absurda e indignante, ya que el director del registro civil estaba ignorando la historia y el sentido de dicha institución, además de los derechos adquiridos por estas mujeres legalmente casadas en el Distrito Federal con un matrimonio válido para toda la República según lo establece la Constitución y lo dictaminó la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Tuvo que intervenir la Comisión Estatal de los Derechos Humanos de Nuevo León para enderezar las cosas, mediante medidas cautelares que emplazaron al Registro Civil para que en un máximo de tres días entregara a las madres del menor su acta de nacimiento, respetando así el derecho de identidad del menor. Con ello, el niño pudo ser registrado ante el Instituto Mexicano del Seguro Social, donde además tenía que recibir tratamiento médico.

En todo esto, hay que elogiar la postura del arzobispo de Monterrey, quien respecto a esta decisión de registrar al niño, comentó siguiendo la postura del papa Francisco: “La autoridad consideró prudente hacerlo. No tengo ningún comentario. Lo que le pido a toda la población, que esté a favor o en contra, porque en esto hay opiniones diversas, es que en todo siempre esté el respeto y la caridad”. Y reiteró: “Nosotros no somos nadie para estar abundando sobre este tema, solo mucho respeto y caridad”. Francamente, aunque en efecto el dirigente religioso no tiene vela en este entierro, me gustó más su actitud y comportamiento, en comparación con el funcionario civil que olvidó la Historia.

roberto.blancarte@milenio.com