Poder y corrupción en la santa sede

Mientras el Vaticano siga funcionando como Estado y no como Iglesia, seguirá padeciendo los vicios que suelen acompañar a la política. La reforma vaticana tendría que pasar por una nueva manera de concebir el poder.

El Papa admitió las culpas de la santa sede en lo que acontecía dentro de la Iglesia. El problema principal, dijo el pontífice romano, era la propia cabeza de la Iglesia: “Las sagradas escrituras establecen con claridad que los pecados del pueblo tienen su origen en los pecados de los sacerdotes… Sabemos bien que en esta santa sede también han venido ocurriendo hechos reprobables de algunos años a esta parte: abusos en cuestiones espirituales, excesos de poder, violación de los mandamientos, de modo que todo se ha convertido en maldad, por lo que no es de extrañar que la enfermedad se haya contagiado de la cabeza a los miembros, del Papa a los prelados. Todos nosotros, prelados y sacerdotes, nos hemos desviado del camino del derecho y hace ya mucho que ninguno hizo el bien”. Las palabras no son del papa Francisco, en 2014, sino del papa neerlandés Adriano VI, otrora preceptor de Carlos V, quien en 1522 envió a la Dieta de Nuremberg estas palabras, junto con la promesa de poner todo su empeño para reformar y limpiar la curia romana. La Iglesia y el joven emperador enfrentaban en los principados alemanes la disidencia religiosa de Lutero y sus seguidores, aunada a la resistencia política de los miembros del Sacro Imperio Romano-Germánico, reunidos en la ciudad mencionada. La situación era grave y el origen religioso del problema era la corrupción en Roma.

Recuerdo este pasaje de la historia pontificia y europea por dos razones: la primera es para mostrar algo de por sí muy conocido: que la santa sede ya ha estado en muchas ocasiones en medio de escándalos de corrupción, de luchas por el poder, de intrigas en la corte pontificia (es decir en la curia romana) y de incontables esfuerzos de buenos papas para reformarla. La segunda es que, ante el evidente fracaso en ese sentido de muchos de ellos, uno puede preguntarse cuál es la capacidad de una persona (aunque sea el Papa) para reformar a toda una institución que, por lo visto, sigue reproduciendo los vicios del poder.

Cuando Adriano VI fue electo papa gozaba, al decir de Leopold Von Ranke, de una fama intachable: “Justiciero, piadoso, activo, nunca se le vio más que con una ligera sonrisa en la boca, siempre de intenciones limpias, un verdadero sacerdote… En el Vaticano continuó su vida de profesor… Tampoco cambió nada en otros aspectos de la vida. Se levantaba muy temprano, decía su misa y se ponía a trabajar en sus asuntos o en sus estudios, que interrumpía con la sobria comida del mediodía. No se puede decir que le fuera ajena la educación del siglo; era aficionado al arte holandés y apreciaba en la erudición el timbre de la elegancia. Erasmo confiesa que fue el primero que le defendió contra los ataque de fanáticos escolásticos.” Adriano VI, sin embargo, no pudo hacer las reformas que se había propuesto. La hostilidad de sus enemigos, en Roma y en particular en la curia, terminó por aislarlo. Murió el 14 de septiembre de 1523, apenas un año y ocho meses después de acceder al trono pontificio.

Las intrigas palaciegas no parecen haber disminuido mucho en el Vaticano en los últimos 500 años, como tampoco los esfuerzos de algunos papas por limpiar y reformar la curia romana. Hace pocos días el papa Francisco les dijo a los nuevos cardenales que entraban a la Iglesia de Roma y no a una corte palaciega. Los instó a “evitar hábitos y comportamientos cortesanos, intrigas, habladurías, camarillas, favoritismos y preferencias”. Todo lo cual significa que son vicios todavía existentes en el Vaticano, los cuales no han podido ser desterrados.

La pregunta que nos podemos hacer es si puede un hombre cambiar una estructura tan pesada como lo es la del Vaticano. Más allá
de cuántos aliados tiene en esta dura empresa, o si tendrá las energías y el tiempo para lograrlo, me parece que la verdadera respuesta gira alrededor del abandono real del poder terrenal por parte de la Iglesia. Mientras el Vaticano siga funcionando como un Estado y no como una Iglesia, seguirá padeciendo todos los vicios que suelen acompañar a la política. La reforma vaticana tendría que pasar entonces por una nueva manera de concebir el poder.

roberto.blancarte@milenio.com