¿Partido evangélico o con evangélicos?

Algunos evangélicos han decidido organizarse, en virtud de que, en la práctica, muchos gobiernos de todo el abanico político, siguen privilegiando a la Iglesia católica y discriminando a las religiones minoritarias.

La noticia (ver reportaje de  Pedro Domínguez en MILENIO de ayer) de que el Partido Encuentro Social (PES), ligado a la militancia de varias agrupaciones cristiano-evangélicas, está en vía de conseguir su registro como partido político nacional, merece una reflexión seria y provoca múltiples interrogantes: ¿Tienen derecho los evangélicos a participar en la vida política del país? ¿Qué significa esta ya existente participación de los evangélicos? ¿Tendrá un carácter confesional o ciudadano? ¿Pueden los evangélicos organizarse en un partido político? ¿Por qué los evangélicos estarían tentados a organizarse políticamente y cuáles serían las consecuencias políticas y sociales de esta forma de actuar?

Empecemos por lo obvio, aunque no lo sea tanto. Los evangélicos tienen tanto derecho (e incluso obligación) como los católicos, los miembros de otras religiones o los no creyentes a participar en la vida política de la nación. En buena medida, siempre lo han hecho, de manera activa o pasiva, pero en tanto como ciudadanos y no como creyentes. Los evangélicos (o algunos de ellos, porque no todos están de acuerdo con esta forma de intervenir en la política) estarían paradójicamente cumpliendo el sueño político de la jerarquía católica, es decir que los creyentes tengan una visión “integral” de la vida y que su actuación en la vida privada y pública (es decir política) se desprenda de sus percepciones religiosas. Los evangélicos que así lo decidieran irían, sin embargo, contra las tendencias de la modernidad y la secularización, las cuales establecen, para una mejor convivencia entre ciudadanos de distintas creencias religiosas y filosóficas, una clara diferenciación de esferas entre la política y la religión, entre el Estado y las Iglesias, así como entre lo público y lo privado. En otras palabras, si los evangélicos trataran de organizarse políticamente, a través de un partido confesional, serían tan antimodernos como el Partido Demócrata Mexicano o la Agrupación Política Estatal por la Vida, la Esperanza y Renovación de México, formados por trasnochados católicos de cepa conservadora, e irían contra la tendencia general prevaleciente entre la gran mayoría de los católicos mexicanos (y de buena parte de los evangélicos), quienes siendo creyentes, distinguen entre sus esferas de acción política y religiosa, a partir de una diferenciación entre sus creencias personales y su accionar en la esfera pública. No se trata, como algunos creen, de disociar entre conductas, sino de entender que nadie puede llevar a una oficina pública sus creencias religiosas personales y desde allí buscar influir o imponer éstas a los demás.

Aún así, algunos evangélicos han decidido organizarse políticamente, pues como el propio Partido Encuentro Social lo admite “su militancia radica principalmente en agrupaciones cristiano-evangélicas, aunque defienden el carácter laico del Estado”. La razón principal de este impulso se explica en otra frase de su página de presentación: “En México no hay religión de Estado, aunque algunos políticos, gobernantes y religiosos así lo crean.” En otras palabras, algunos evangélicos han decidido organizarse, en virtud de que, en la práctica, muchos gobiernos de todo el abanico político siguen privilegiando a la Iglesia católica y discriminando a las religiones minoritarias, particularmente a los evangélicos. La reacción ha sido entonces la de agruparse para defender mejor sus intereses y su visión del mundo, para ser mejor escuchados por gobiernos que solo entienden de presiones políticas, de cuotas de poder y de grupos clientelares. El problema es que, al hacer esto, los evangélicos están minando su propia tradición de separación entre asuntos religiosos y políticos (la confusión entre pastores y líderes políticos, o entre “agrupaciones cristiano-evangélicas y partido, son signos de ello) y empujan a que otras agrupaciones religiosas (católicas, evangélicas o de cualquier otra religión) reconfesionalicen el espacio público mexicano. Abren así una caja de pandora, dejando escapar muchos males que creíamos ya superados. Como el de la religión interviniendo en la vida pública.

roberto.blancarte@milenio.com