Normalidad y rebelión

En todas las rebeliones y revoluciones siempre se mezclan causas nobles y aquellas que lo son menos, junto con las que solo buscan la destrucción por rencor o resentimiento social. Quien pretenda imponer la vuelta a la normalidad, si no quiere atizar el fuego, tiene que distinguir muy bien.

La normalidad puede ser buena o mala, según como le vaya a cada quien. Por eso algunos quieren romper esa normalidad y otros quieren volver a ella. Las protestas, las rebeliones, los levantamientos, las revoluciones, suelen ser una búsqueda para alterar la normalidad establecida. No siempre se hacen mirando adelante. Muchas veces es volteando hacia atrás. La Guerra Cristera, por ejemplo, fue una rebelión contrarrevolucionaria, en el más estricto sentido del término; los campesinos que se levantaron en armas lo hicieron no para establecer un nuevo Estado, sino para regresar a un régimen previo, donde la religión y la Iglesia católica mantuvieran su hegemonía y privilegios. Como dijo John Womack acerca de los campesinos de Morelos, en su obra Zapata y laRevolución mexicana: “Este es un libro acerca de unos campesinos que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución”. O sea, que las normalidades se quiebran por muchas razones.

El México de hoy vive una normalidad que está sostenida por cuatro pilares: corrupción, impunidad, inseguridad y violencia. Si la tragedia de Ayotzinapa tiene tal relevancia en la actualidad es porque el suceso concentra estas cuatro características y porque simboliza lo que la gente ya no está dispuesta a soportar.

La clase política, por su parte, solo quiere volver a la normalidad; porque esa normalidad le beneficia y no le afecta negativamente más que de manera circunstancial o marginal; rara vez el hijo de un político o un político mismo es secuestrado o asesinado. En general, son los ciudadanos comunes los afectados por esa normalidad. La inseguridad y la violencia se cierne esencialmente sobre la gente común; los que no tienen medios para blindar sus camionetas o contratar guardias de seguridad, o choferes escoltas, los que tienen que caminar a oscuras en calles desprotegidas y expuestas al crimen, los que no se pueden quejar porque la justicia no es para ellos, o los que saben que no tiene sentido poner una denuncia porque los policías están coludidos con los maleantes. Pero los políticos y sus hijos por lo general no tienen esos problemas; pueden incluso violentar la ley y terminan por ser encubiertos gracias a una maraña de complicidad establecida entre pudientes y funcionarios. Así que todos ellos lo único que quieren es volver a esa normalidad; la de la corrupción y la impunidad.

La indignación que ha permanecido, tomando como bandera Ayotzinapa, está mandando entonces un mensaje muy claro: no podemos volver a esa normalidad. Sabemos que los políticos quisieran que todo fuese como antes, para poder seguir haciendo, cada quien a su manera, los negocios de siempre. Así que esta hipersensibilidad que nos tiene a todos con la irritación a flor de piel, lista para convertirse en una explosión de rabia, es altamente comprensible. Si los pobladores de Huitzilac cierran la carretera a Cuernavaca porque otra vez los criminales secuestraron a alguien, es porque ellos saben que es probablemente la única manera de llamar la atención y lograr que la policía estatal y municipal (cómplice o no) se ponga efectivamente a hacer su trabajo. Lo que me sigue sorprendiendo es la torpeza de la respuesta: ¡acusar a quienes bloquearon la carretera de ser talamontes y delincuentes! ¿Para qué querrían llamar la atención sobre ellos mismos los criminales?

Lo que no quiere decir, por supuesto, que todos los que andan incendiando carros o puertas del Palacio Nacional son ciudadanos molestos o legítimamente indignados. Aunque al final, en todas las rebeliones y revoluciones siempre se mezclan las causas nobles y aquellas que lo son menos, junto con las que solo buscan la destrucción por rencor o resentimiento social. Así fueron la Revolución francesa, la mexicana y la rusa. Por eso, quien pretenda imponer la vuelta a la normalidad, si no quiere atizar el fuego, tiene que distinguir muy bien entre unos y otros y eso no es siempre fácil.

Pero quizás hay una mejor salida: no volver a la normalidad. O por lo menos no volver a la normalidad de la corrupción, la impunidad, la inseguridad y la violencia. Todo eso es lo que realmente nos está llevando a la ingobernabilidad.

roberto.blancarte@milenio.com