Lugares de culto

Siempre me ha llamado la atención la facilidad con que los seres humanos generamos lugares de culto. Lugares que consideramos aparte, especiales, distintos a los demás, es decir sagrados, intocables, según la definición de los especialistas. Lo interesante es que esta sacralización no se relaciona únicamente con las religiones establecidas o institucionales; se genera por todas partes, dentro y fuera de las religiones.

Más aún, los medios masivos de comunicación y en particular el cine, tienden a promover nuevos lugares de culto. Basta con que un lugar o una obra aparezcan en una película, para que las masas acudan en una nueva forma de peregrinación a ver los sitios o los objetos de culto, que se convierten en formas de atracción modernas. Las largas filas ahora se acumulan para ver los lugares que aparecieron en la novela o, mejor aún, en la película del Código Da Vinci, los lugares donde se filmaron algunas de las secuencias de Harry Potter, o en tal o cual película de Woody Allen, o para conocer los restaurantes que solían frecuentar Hemingway (La Closerie de Lilas) o Picasso y los artistas de su generación (Le Dome o La Coupole). Hay museos que ahora se llenan porque alguna de sus obras es protagonista central de alguna novela llevada a la pantalla, como la chica del collar de perlas de Veermer. La gente quiere ver lo que apareció en la pantalla y experimentar  lo que vivieron otros.

Todo ello quizás significa que los seres humanos necesitamos establecer dichos lugares, primero como un esfuerzo para la memoria, para el recuerdo, pero luego estos se van convirtiendo en lugares sagrados: el Arco del Triunfo, donde está la tumba del soldado desconocido (para empezar de la I Guerra Mundial, luego de otras guerras) o la Tumba de Napoleón en los Inválidos son un buen ejemplo de ello. Otros lugares van incluso perdiendo su original sentido religioso y se resacralizan como objetos de un nuevo culto, pero secular. La iglesia de San Sulpicio en París, que forma parte de la intriga del Código Da Vinci, ahora es visitada para observar el obelisco o “Gnomon Astronomicus” dispuesto allí para observar los solsticios y el día de la Pascua. Ya no digamos la tumba de Jim Morrison en el cementerio de Père Lachaise o la de Sartre y Simone de Beauvoir en el cementerio de Montparnasse, donde siguen acompañando por cierto la tumba de Porfirio Díaz que no deja de recibir flores. Pero si se quiere un lugar menos lúgubre, los propios Sartre y Beauvoir pueden ser venerados en el restaurante Aux Deux Magots en Saint Germain de Pres, como puede hacerse con Napoleón en Le Procope, según una leyenda bien aprovechada por los dueños del café más antiguo de París.

La sacralización es, por lo tanto, parte de nuestras existencias, incluso las más seculares y secularizadas. Por el simple hecho de que queremos darle un lugar aparte, un lugar especial a algunas personas, sitios u objetos. Me queda claro que esto es lo que, justamente, se hará a partir de ahora con Nelson Mandela. En sus exequias el actual presidente de Sudáfrica habló de él casi como si fuera Dios o, por lo menos, un santo. Se habló de perdón, de reconciliación, del legado y del futuro que se construirá con su memoria. No me cabe la menor duda que el lugar donde fue enterrado se convertirá en un lugar de peregrinación para todos aquellos que han sido tocados positivamente por sus acciones y para los que, sin haberlo conocido, seguirán su ejemplo. No es que el mundo esté necesitado de lo sagrado; es que lo producimos, incluso sin pretenderlo, como efecto inmediato de nuestra experiencia. No queremos olvidar a nuestros seres queridos y por eso construimos altares de muertos. No deseamos olvidar lo que pasó y por eso construimos monumentos a los caídos en una guerra. No queremos que se repitan las masacres y levantamos memoriales para las víctimas de la represión y el genocidio. Lo sagrado, en ese sentido, va más allá de lo religioso. Tiene que ver con ese esfuerzo por superarnos como sociedad y como seres humanos. No está de más recordarlo en estos tiempos y en estas fechas tan susceptibles para la crítica y la violencia, pero también para una reflexión sosegada.

roberto.blancarte@milenio.com