Justicia terrenal y justicia divina

La segunda fue pensada por los humanos como solución a la injusticia terrenal. Responde a la pregunta de por qué un Dios omnipotente y justo permite la existencia del mal.

No hay un solo tipo de justicia. Existen por lo menos dos para mucha gente. Está la justicia de los hombres (imperfecta, pero siempre mejorable) y habría una justicia divina (en principio perfecta, pero en ocasiones inasible e incomprensible). No siempre estos dos tipos de justicia van de la mano. En primer lugar porque los designios de las divinidades no son siempre explícitos y en segundo porque no hay un solo intérprete de las mismas. Luego, la teodicea o justicia divina no suele tener lugar al mismo tiempo que la humana. De hecho, la justicia divina fue pensada por los humanos como una solución al problema de la injusticia terrenal. Responde a la pregunta clave de por qué un Dios omnipotente, justo y bueno permite la existencia del mal, de la crueldad, de las injusticias contra los más débiles e indefensos, contra los niños. La respuesta que muchas religiones le han dado a esta pregunta es que la justicia divina existe en el más allá y que después de la muerte Dios juzgará por sus acciones a todos, encontrando algunos el castigo en el infierno y otros la gloria del paraíso celestial. En algunos casos, los principios de justicia están imbuidos de los principios religiosos. Recordemos por ejemplo las “tablas de la ley” de Moisés, que fijan criterios de comportamiento social básicos para la convivencia (no matarás, no robarás, no desearás a la mujer de tu prójimo, etcétera). Pero, ante la gestación de la pluralidad religiosa y de la libertad de conciencia, la justicia tiene que prescindir de criterios religiosos y establecer una autonomía, para basarse exclusivamente en el criterio de los hombres agrupados en sociedad y el principio de igualdad ante la ley.

Las iglesias cristianas y la católica en particular arrastran además otra ambigüedad frente a la justicia humana. Asumen que su Iglesia fue fundada por Cristo, es decir directamente por Dios-hijo; por lo tanto la historia de la Iglesia (y lo que sucede en ella) es parte de la historia de la salvación de los hombres, lo que la convierte, por lo tanto, en una institución de creación divina. Pero los cristianos admiten también que la Iglesia es parte de la historia de los hombres y es una institución humana, con todas sus virtudes, pero también debilidades y defectos. Por lo tanto, lo que suceda en la Iglesia católica o en las iglesias cristianas es parte de la historia de la justicia y de la injusticia terrenal. El cómo lidiar con esto ha sido parte del problema de la gestión de la justicia civil, la cual no necesariamente comparte los principios de justicia de tal o cual religión, ni supone que una institución eclesiástica, por su carácter divino, tenga que permanecer fuera de su ámbito. De esa manera, desde que se consolidó un sistema de justicia civil, autónomo de la religión, se estableció una lucha para eliminar la idea de que la Iglesia estaba fuera del ámbito civil y de que, por lo tanto, la justicia de los hombres no debía alcanzar a la iglesia, que se juzgaba a sí misma y cuyos integrantes tenían por lo tanto un “fuero”, que los hacía intocables ante la ley terrenal.

Todo lo anterior es lo que entra en juego cuando se sabe que, pese a la aceptación vaticana de que los obispos colaboran con las autoridades civiles en la denuncia de sacerdotes pederastas, algunos jerarcas católicos, de hecho la mayor parte de los mismos, todavía se niega a hacerlo. La aceptación por parte del obispo de Saltillo, por lo demás muy apreciado por los sectores progresistas de la Iglesia, de que realizó acuerdos notariales a solicitud de las propias familias, es la prueba de la pervivencia de esta mentalidad (ver la nota de Eugenia Jiménez en MILENIO de este domingo 2 de febrero). En los dos casos de sacerdotes pederastas denunciados, ninguno de ellos está en la cárcel. Uno continúa en Coahuila, siendo sacerdote pero sin ejercer, caminando libremente por las calles. El otro, también libre, fue castigado con la severísima pena (la más dura que le pueda imponer la Iglesia a un sacerdote), de ser reducido al estado laical. Y así andarán circulando libremente, esperando la justicia divina; porque la de los hombres, boicoteada por la Iglesia, brilla por su ausencia.

roberto.blancarte@milenio.com