La Iglesia no quiere cambiar

Muchos de los pastores de la Iglesia no quieren que haya cambios en la manera como la institución eclesial percibe y trata con sus propios feligreses y con el resto de la sociedad.

El título de este artículo, que para algunos puede ser una crítica, para otros es un elogio. En efecto, muchos de los pastores de la Iglesia no quieren que haya cambios en la manera como la institución eclesial percibe y trata con sus propios feligreses y con el resto de la sociedad. Les parece que cualquier innovación, así sea en el sentido de una mayor compasión, traerá consecuencias negativas para la Iglesia y para el mundo al que ella quiere salvar. Por eso, temerosos incluso de las propuestas de cambio del propio pontífice romano (a quien ellos seguramente ven como un simple y populista obispo argentino), se oponen, en la medida de sus fuerzas y su capacidad de resistencia, a cualquier intento de modificación, por mínima que sea, a la pastoral, ya no digamos la doctrina, de la Iglesia.

Llama la atención, sin embargo, que el Papa tiene buena prensa. Los medios se han empeñado en presentar conclusiones positivas del Sínodo Extraordinario de Obispos sobre la Familia: Los retos pastorales sobre la familia en el contexto de la evangelización, a pesar de que el resultado fue más bien una inesperada resistencia de muchos obispos al cambio en cuestiones como el trato a los homosexuales o a los divorciados en la Iglesia. Basta leer algunas de las relatorías de los distintos grupos de discusión (10 para ser exactos, formados más o menos por una quincena de obispos de países diversos, organizados por idiomas), donde expusieron sus posturas. Algunos de ellos se quejaron abiertamente de las presiones de que fueron objeto, con la publicación de lo que no pretendía ser más que un instrumento de trabajo, pero que se filtró a la prensa como si fueran conclusiones de todos los obispos allí reunidos. En muchas de esas relatorías es evidente el rechazo de los prelados a mover un dedo en materia doctrinal respecto a divorciados y homosexuales. En la del Círculo Gallicus A se mencionó, por ejemplo, “la emoción y desasosiego que provocó la difusión de un documento que nosotros considerábamos como un simple —aunque muy útil— instrumento de trabajo, por lo tanto provisional. Lo que hemos vivido, es decir, la dimensión contraproductiva de esta difusión, nos parece deber conducir a evaluar con cuidado las causas y consecuencias de un acontecimiento que, al sembrar perplejidades y confusiones, no ha ayudado a la reflexión”. Luego se señala: “Sobre la relación entre los divorciados vueltos a casar y los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, nuestro texto dice que es importante no cambiar la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio y la no admisión de los divorciados vueltos a casar a los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, pero aplicar esta doctrina constante de la Iglesia a las situaciones diversas y dolorosas de nuestra época con una mirada renovada de compasión y misericordia sobre las personas”. Luego se agrega: “Respecto a la acogida de las personas homosexuales, nos parece claro que la Iglesia, a la imagen de Cristo el buen pastor, siempre ha querido recibir a las personas que tocan a su puerta, misma que debe estar abierta a todos, que deben ser recibidos con respeto, compasión y en el reconocimiento de la dignidad de cada quien”. Pero luego se agrega para que quede claro: “Acompañar pastoralmente a una persona no significa validar ni una forma de sexualidad ni una forma de vida”. En suma, este grupo aceptó que la Iglesia debe ser más compasiva, pero sin cambiar una sola letra de la doctrina hasta hoy imperante.

El Papa, en las conclusiones del sínodo, sabiendo que tiene un año para cambiar las opiniones de algunos, tuvo que referirse a estas resistencias y pidió que se supiera cuántos se oponían en cada tema. Habló de los momentos de desolación, de tensión y de tentación (de cerrarse en el literalismo) que hubo en el encuentro. Señaló la tentación de los fanáticos (zelati), del “buonismo” destructivo, de los temerosos, de los progresistas, de la tentación de bajar de la cruz para ligarse al espíritu mundano, o de no cuidar bien el depósito de la fe, asumiéndose como sus depositarios. Le va a costar trabajo convencer de esto a sus colegas obispos.

roberto.blancarte@milenio.com