¿Es la Iglesia católica bipolar?

A fuerza de oír las verdades de este Papa, los obispos y sacerdotes no han de saber por dónde empezar y por lo menos con sentimientos encontrados. La semana pasada, con motivo de un encuentro en México sobre la Nueva Evangelización en el Continente Americano, el papa Bergoglio les volvió a decir (vía mensaje televisado) ahora específicamente a los obispos latinoamericanos, a quienes él conoce muy bien, cuál debe ser la actitud de un verdadero pastor. Les dijo: “No es la de un príncipe o funcionario atento principalmente a lo disciplinar o lo reglamentario, porque de esta forma se lleva una pastoral distante de la gente”. Por el contrario, señala Francisco, obispos y sacerdotes deben aprender a caminar junto con la gente y saber entrar “en diálogo con sus ilusiones y temores”. Dicho en otras palabras, los sacerdotes y obispos no deben tener como principal preocupación ir disciplinando y poniendo en orden a la gente, sino más bien entenderla, acompañarla, ir hacia donde ella va. En suma, menos arrogancia y más humildad. Menos regaños y más comprensión. Menos doctrina y más solidaridad.

También el Papa se pregunta, con justa razón, si la formación de los sacerdotes en la actualidad tiene la calidad y conformación necesaria para enfrentar los retos del mundo de hoy. Si los seminarios están realmente formando a los sacerdotes que la Iglesia requiere. Sugiere, de hecho, que no es así. Dice Bergoglio que es “vital para la Iglesia no encerrarse, no sentirse satisfecha y segura con lo que se ha logrado. Si sucede esto —agrega— la Iglesia se enferma de abundancia imaginaria y superflua, se empacha y se debilita”, por misioneros, ser creativos en sus métodos evangelizadores y no encerrarse en las maneras de siempre. La idea, además, es que esta actitud sea transmitida a los sacerdotes, porque la “tentación del clericalismo, que tanto daño hace a la Iglesia de América Latina, es un obstáculo para que se desarrolle la madurez y la responsabilidad cristiana”. Los obispos —sigue diciendo el Papa— no pueden delegar este trabajo, sino que lo deben de asumir como algo fundamental, sin escatimar esfuerzos.

Todos estos mensajes, de ser escuchados, le harían muy bien a la Iglesia. Lo malo es que las sociedades latinoamericanas se han acostumbrado al clericalismo y la propia jerarquía, aunque no es la única responsable, se ha encargado de alimentarlo; de eso ha vivido, porque ello ha significado la posibilidad de seguir aprovechando los privilegios a los que está acostumbrada. En cualquier caso, este bombardeo de críticas al modo de concebirse y operar en la Iglesia debe tener confundidos y perplejos a más de un obispo. Porque, curiosamente, lo que algunos experimentan no es una sensación de abundancia, así fuese imaginaria y superflua, sino de baja autoestima. Así por ejemplo, en el marco de la mencionada reunión, el arzobispo de Tlalnepantla y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), Carlos Aguiar Retes, al hablar sobre los caminos de la misión de la Iglesia habría dicho que ésta necesita recuperar la autoestima institucional, “es decir creer en nuestras propias instituciones eclesiales, confiar en ellas y trabajar por ellas”. Si esto lo dice el propio presidente del consejo que coordina a los obispos latinoamericanos pudiera ser que las críticas y recomendaciones del Papa (alguien que fue obispo latinoamericano muchos años) terminen por confundir a algunos. ¿Cómo se puede sentir la jerarquía católica, empachada, segura de sí misma, imaginando abundancia y por el otro lado con la necesidad de recuperar la autoestima?

La perplejidad es comprensible, porque por un lado la Iglesia católica latinoamericana atraviesa por una situación paradójica: por un lado, en los últimos 50 años se ha convertido en la Iglesia con más fieles en el mundo, superando a Europa y a América del Norte en número de fieles, pero por el otro ha sufrido un abandono constante de fieles, lo que ha significado un baja proporcional constante de católicos, al grado que en un país como Brasil ya son menos de 60%. Suficiente para sentir esa perplejidad. ¿Es la Iglesia bipolar? ¿Requiere de un psicólogo?