La Iglesia católica, amonestada

Después de muchos años de empujar al Comité de los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas para que exigiera una respuesta a la santa sede sobre los abusos cometidos contra la niñez, finalmente la Iglesia publicó un informe periódico e hizo posible que el comité hiciera una serie de observaciones.

A nadie le gusta que lo regañen o le llamen la atención. Mucho menos si la persona o la institución involucrada se considera a sí misma, o es considerada por otros, como una autoridad moral. Eso fue lo que le pasó hace algunos días a la santa sede. Después de muchos años que diversas personas e instituciones habían estado empujando al Comité de los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas para que exigiera una respuesta a la santa sede sobre los diversos abusos cometidos contra la niñez en el seno de la Iglesia, finalmente, con un retraso de varios años, ésta publicó un informe periódico, e hizo posible que el comité señalado hiciera una serie de observaciones sobre la actuación de la Iglesia. El documento es devastador, porque señala muchas de las omisiones y negligencias de la santa sede y de la Iglesia católica en el manejo de los abusos contra los niños. La primera reacción de la santa sede fue decir que tomaba nota de las observaciones y que las examinaría con atención. La segunda, una vez pasado el baldazo de agua fría, fue decir que algunas de las acusaciones intentaban “interferir en las enseñanzas de la Iglesia católica sobre la dignidad de la persona humana y el ejercicio de la libertad religiosa”. Con el paso de los días hemos visto cómo algunos jerarcas católicos han querido desprestigiar y desautorizar las observaciones del comité de la ONU. Vale la pena entonces repasar algunas de ellas.

Hay que decir, en primer lugar, que el Comité de los Derechos del Niño observó positivamente “la voluntad observada por la delegación de la santa sede para cambiar las actitudes y las prácticas y espera con interés la adopción de medidas rápidas y firmes para el cumplimiento de sus compromisos”. En otras palabras, si bien se observó una aparente buena voluntad, aún falta que la santa sede haga muchas cosas para mejorar la situación de los niños. Luego el documento señaló:

“El comité toma nota del compromiso expresado por la delegación de la santa sede para mantener inviolable la dignidad y toda persona de cada niño. El comité no obstante, expresa su más profunda preocupación por los abusos sexuales de menores cometidos por miembros de las iglesias católicas que operan bajo la autoridad de la santa sede, es decir, de los clérigos que estuvieron involucrados en el abuso sexual de decenas de miles de niños en todo el mundo. Al comité le preocupa mucho que la santa sede no ha reconocido el alcance de los delitos cometidos, no ha tomado las medidas necesarias para hacer frente a los casos de los abusos y para proteger a los niños, y ha adoptado políticas y prácticas que han llevado a la continuación del abuso por parte y la impunidad de los perpetradores. Al comité le preocupa en particular que: (A) Conocidos abusadores sexuales de niños han sido trasladados de parroquia en parroquia  y/o a otros países en un intento de encubrir esos delitos, una práctica documentada por numerosas comisiones nacionales de investigación. La práctica de la movilidad de los delincuentes, que ha permitido a muchos sacerdotes permanecer en contacto con los niños y continuar abusando de ellos, todavía coloca a los niños en muchos países en alto riesgo de abuso sexual…”.

Y siguen B, C, D, E y F y muchas otras observaciones y recomendaciones. Es cierto que para algunos miembros de la Iglesia ciertas observaciones podrían ser vistas como interferencia en su doctrina y libertad religiosa. El problema es que muchos de ellos no se han dado cuenta de que la aceptación de la libertad religiosa en su versión del Concilio Vaticano II implica acceder a estar bajo la vigilancia de órganos estatales o supranacionales como el Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas. La santa sede no puede pretender ya ser la única organización con autoridad moral y participar en la ONU sin estar sujeta a sus propios mecanismos de observación de cumplimiento de sus deberes internacionales o ante los estados nacionales. Por todo ello es inmoral que una arquidiócesis como la de México, involucrada hasta el tope con los Legionarios de Cristo y escándalos de pederastia, se atreva a atacar al Comité de los Derechos del Niño.

roberto.blancarte@milenio.com