¿Fin del centralismo vaticano?

Cada vez que el papa Francisco habla, aventura nuevas posturas pastorales y define cuestiones doctrinales, pero como él mismo sabe, nunca de manera definitiva. Sabe —es demasiado hábil para no estar consciente de ello— que sus palabras serán retomadas por muchos para darles su propio sentido, su propia interpretación. En cierto sentido lo alienta. Y juega un juego de mucho riesgo para la Iglesia romana, en el que el Vaticano no se ha querido aventurar en los últimos 150 años: el de la descentralización pastoral, pero también doctrinal, de la Iglesia católica. Y todo esto es quizás más el resultado del agotamiento de un modelo que se hizo evidente en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI: el papa Bergoglio ya no quiere y probablemente ya no puede ser ni la única ni la última referencia sobre lo que sucede en la Iglesia católica. No es ni su modelo de Iglesia, ni su ideal organizacional. Pero el Papa no se puede impedir el ejercicio del magisterio y lo hace abriendo, pero también cerrando algunas puertas, lo cual deja una ambigüedad respecto a los alcances y los límites de la descentralización deseada.

Francisco aceptó la petición de los obispos que se reunieron en Roma, donde se celebró la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La nueva evangelización para la transmisión
de la fe cristiana” del 7 al 28 de octubre de 2012. Publicó en consecuencia una exhortación apostólica, titulada “La alegría del Evangelio”, dirigiéndose a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años. En ésta el Papa recuerda que la nueva evangelización convoca a todos y se realiza fundamentalmente en tres ámbitos: 1) el de la pastoral ordinaria, “animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor”, es decir para los practicantes. También en el de los fieles que conservan una fe católica intensa y sincera, expresándola de diversas maneras, aunque no participen frecuentemente del culto”, es decir, para la mayoría de católicos en el mundo que —el Papa lo sabe— ya no son practicantes; 2) el ámbito de “las personas bautizadas que no viven las exigencias del bautismo”, es decir, aquellas que eufemísticamente el Papa señala como que “no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe”, en suma todos aquellos que para efectos prácticos ya no son miembros de la Iglesia, y 3) en el ámbito de la “proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado”.

Pero al proponer esto, el papa Bergoglio señala dos cuestiones importantes de su aproximación al asunto. Por un lado —dice— ha renunciado a tratar detenidamente múltiples cuestiones “que deben ser objeto de estudio y cuidadosa profundización.” Por el otro, con una frase que hará correr mucha tinta y más de una discusión dentro de la propia Iglesia, advierte: “Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo. No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable descentralización”. El párrafo, visto con objetividad, es una bomba, pastoral y doctrinal. El Papa les está diciendo a los obispos que el magisterio pontificio, es decir, lo que el Papa escribe en sus diversas encíclicas, exhortaciones, alocuciones y diversas manifestaciones escritas y orales, no debe ser ni todo ni lo último que se pueda decir sobre cada tema que afecte o a la Iglesia o al mundo. Quiere que piensen por sí mismos. Relaja, por primera vez en 150 años, el centralismo que desde Roma construyó la curia de la Iglesia y que terminó por uniformar, pero también por empobrecer, la doctrina eclesiástica. Difícil saber si esto iniciará un verdadero movimiento centrífugo y enriquecedor de una Iglesia católica que se pretende tal, es decir universal.