Estudiar al catolicismo

Émile Poulat identificó al catolicismo intransigente como la corriente dominante dentro de la institución y describió la competencia por ser preponderante en la llamada cuestión social que desde el siglo XIX se estableció en tres polos.

El sábado 22 de noviembre una estimada colega francesa me avisó que mi querido maestro Émile Poulat acababa de fallecer. Quien fue probablemente el mejor sociólogo del catolicismo en la segunda mitad del siglo XX tenía 94 años (nació en junio de 1920) y hasta el final de su vida conservó una enorme lucidez. Yo todavía pude hablar con él por teléfono hace uno o dos meses y siempre reconocía mi voz (y mi acento) desde el primer intercambio de saludos. Y aunque las pláticas se fueron haciendo breves por mera cuestión de energía, siempre terminé aprendiendo algo de él. En una de las últimas conversaciones que tuvimos le pregunté cómo le había hecho para llegar a los noventa y tantos. Duermo mucho, me contestó. Parece, sin embargo, que el resto del tiempo lo ocupaba en leer, en participar en coloquios, en dar entrevistas, en escribir, pues su producción fue enorme. Y aunque su inevitable y previsible muerte me entristeció, me queda la tranquilidad y la satisfacción de haberlo acompañado a él y su trabajo en la medida de mis posibilidades. Hace algunos años, viendo que, a pesar de la importancia de su obra, no había sido traducido al español, decidí, a manera de homenaje, traducir uno de sus últimos libros (publicado en 2003), titulado Notre laïcité publique. El libro, después de muchas peripecias, fue finalmente publicado por el Fondo de Cultura Económica, con prólogo mío, en 2012. Alcancé a llevárselo a París y aproveché para grabar una larga entrevista, gracias al apoyo de Tv UNAM, donde ahora estamos editando lo que seguramente será un programa especial de la serie República Laica. Allí manifestó como siempre lucidez, acompañada por la experiencia acumulada de un viejo profesor que conoció bien el mundo del catolicismo desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Hace un año, en diciembre de 2013, todavía lo pude invitar a comer en uno de los restaurantes cercanos a su casa, en rue de Bievre, donde solía vivir también su ilustre vecino, François Miterrand.

Como narro en el prólogo antes mencionado, conocí al profesor Émile Poulat, por allá de 1982, en lo que parecía el cénit de su carrera, en su seminario semanal “Sociología histórica del catolicismo actual”. Ya lo he contado varias veces: un problema con el horario de otros cursos me impedía llegar puntualmente y comencé a explicárselo. Me interrumpió y dijo: “Usted sabe, somos libres”. Me di cuenta de que había llegado, en efecto, a un espacio de libertad, con nuevos horizontes intelectuales. Permanecí en dicho seminario hasta enero de 1989, cuando regresé a México, meses después de haberme doctorado. Ciertamente no había mejor lugar, por lo menos en Francia, para entender la complejidad de la respuesta del mundo católico a la modernidad, aun si la comprensión del pensamiento del maestro no constituía una tarea sencilla. Su modelo explicativo sobre lo que él llamó “la integral-intransigencia” de Roma (el Vaticano) ante la cuestión social fue una clave en el desarrollo de mi tesis doctoral, que trató sobre el episcopado católico ante las cuestiones sociales y políticas en el México del siglo XX.

Al estudiar el antimodernismo de la Iglesia católica, ese movimiento que a fines del siglo XIX y principios del XX se dedicó a combatir la apertura política y social del catolicismo, Poulat captó muy bien la esencia del integrismo de todos aquellos que “confunden la devoción al pasado con la fidelidad a lo eterno”. Luego, en su clásico Église contre bourgeoisie, Poulat identificó al catolicismo intransigente como la corriente dominante dentro de la institución y describió la competencia por ser preponderante en la llamada cuestión social que desde el siglo XIX se estableció en tres polos: la burguesía dominante, la institución católica y el movimiento socialista.

El periódico Le Monde le dedicó un largo obituario. Pero curiosamente enfatizó mucho más los aspectos personales de su vida. Algo que a él probablemente le hubiera parecido fútil. Durante 30 años de conversación y a pesar de habernos conocido mucho, ninguno de nosotros estuvo interesado en las convicciones personales del otro. Eso, como Dios, es irrelevante en términos sociológicos.

roberto.blancarte@milenio.com