Espionaje y política exterior

Los Estados Unidos de América siempre han espiado a sus enemigos. Lo hicieron con los ingleses cuando las colonias norteamericanas peleaban su guerra de independencia. Se valían de las informaciones de muchos que se presentaban como leales a la Corona británica para conocer sus planes de ataque, los movimientos de sus tropas, las estrategias que ellos pensaban poner en marcha. Los servicios de información e inteligencia han sido desde entonces cruciales para muchas victorias estadunidenses. El episodio más conocido es probablemente el del desciframiento de los códigos japoneses, que les permitió conocer los movimientos de la armada nipona. Luego, la guerra fría fue la época clásica del espionaje y el mundo se convirtió en un juego global de estrategias basadas en la captura de información sensible del enemigo. América Latina sufrió particularmente durante este periodo, en el cual la doctrina de la seguridad nacional condujo al intervencionismo estadunidense, basado en informaciones que catalogaban a algunos de sus dirigentes como comunistas.

Lo anterior nos permite entender un problema central en la cuestión del espionaje estadunidense: cuando se trata de su seguridad nacional, en realidad, para los norteamericanos no hay una división relevante entre amigos y enemigos. Por lo tanto, espiar a los amigos es tan crucial como espiar a los enemigos. La razón es que no solo los aliados de ahora pueden ser los enemigos de mañana, sino que en el fondo cada país tiene sus propios intereses y no siempre son compartidos en las alianzas. Éstas, por lo demás, suelen ser frágiles y movibles. Pensemos, por ejemplo, en la colaboración que existe entre Pakistán y Estados Unidos, llena de desconfianza y de malentendidos. O en la más estratégica y vital entre Israel y la potencia norteamericana, la cual pasa regularmente por una fuerte colaboración, pero también por fuertes sacudidas, dados los intereses diversos que puntualmente pueden aparecer.

El panorama se complicó después de los ataques del 11 de septiembre a las Torres Gemelas y al Pentágono. Lo que se catalogó como una enorme falla en los servicios de seguridad estadunidenses se transformó en la máquina más poderosa que el mundo haya conocido en materia de búsqueda de información relacionada con la seguridad nacional de Estados Unidos. La enorme diferencia respecto a lo anterior no fue tanto la globalidad de la búsqueda, que ya existía desde por lo menos la Segunda Guerra Mundial, sino la capacidad de las nuevas tecnologías para investigar la vida pública, pero, sobre todo, la vida privada de las personas. De allí a que el gobierno de Estados Unidos decidiera utilizar las nuevas tecnologías para inmiscuirse en la vida de millones de personas en todo el mundo había solo un paso y éste fue dado en los últimos años. La reacción de los gobiernos de Brasil y Alemania ante ese hecho es entonces completamente comprensible. El problema no es únicamente que Estados Unidos espió a sus aliados (incluyendo a sus dirigentes), sino que haya una brecha en la soberanía nacional, desde el momento en que un país se arroga el derecho de espiar las actividades privadas de ciudadanos de otros.

Es en este esquema que llama la atención la también muy distinta reacción que tuvo el gobierno mexicano frente al hecho de que los servicios de seguridad nacional estadunidense espiaran las actividades del presidente Peña Nieto. Nuestro servicio exterior, que otrora se distinguía por defender la soberanía nacional, se apresuró prácticamente a disculpar a Estados Unidos. El propio Presidente mexicano se aplicó la receta que los gobiernos priistas suelen poner en práctica para asuntos internos: exigió una investigación, para deslindar responsabilidades, sabiendo que esa es la mejor manera de diluir el asunto. La debilidad de nuestra política exterior, subordinada y entreguista, se puso en evidencia cuando otros países, igualmente aliados de Estados Unidos, exigieron de esa potencia una actitud más respetuosa con la soberanía nacional, pero sobre todo, como ya se demandó ante Naciones Unidas, con la privacidad de sus ciudadanos. ¿Dónde estás, Isidro Fabela?