Disidencia y compasión

La solución de misericordia sostenida por el Papa probablemente será derrotada, alejando así aún más la institución de los feligreses.

El papa Francisco no es el progresista que algunos quieren ver en la Iglesia católica. Pero ciertamente tampoco se sitúa en los extremos más conservadores e integristas de la misma. Hay muchos otros, incluso dentro de la propia Curia, que ven con disgusto las tímidas aperturas doctrinales y lo que consideran como gestos populistas que debilitan a la institución. En suma, siempre hay alguien más a la derecha o a la izquierda de uno y ésta no es la excepción. Pero ahora la oposición al Papa es mucho más abierta, cosa que no es usual, pues con un poder tan piramidal es difícil enfrentarse abiertamente a las directivas pontificias. Sin embargo, aunque el sistema de poder en la Iglesia no es democrático, sino absolutista, permite siempre la disidencia. De hecho, sería imposible que ésta no existiera en una institución que tiene más de mil millones de miembros: no todos están de acuerdo en cómo definir sus creencias y en cómo vivir su vida a partir de ellas. Con ello, la pluralidad se termina por expresar y por pasar encima de las doctrinas, normas, reglas, rituales y morales establecidas desde arriba.

Hay otros elementos que hacen difícil la aceptación de criterios únicos y, por lo tanto, la gobernabilidad dentro de la Iglesia. Uno de ellos es que la asociación en la misma es voluntaria. Por lo tanto, la aceptación de las normas y criterios depende únicamente de la buena voluntad y beneplácito del individuo. Por lo menos en los países occidentales, ninguna norma religiosa es automáticamente obligatoria en términos civiles. Así que quedarse en ella o acatar sus criterios es una decisión absolutamente personal. Por eso es muy grave cuando el Estado termina imponiendo políticas públicas (por ejemplo, en materia de aborto o de matrimonio homosexual) que solo reflejan una postura doctrinal de alguna Iglesia o religión. Pero digamos que en términos generales los ciudadanos, incluso los feligreses de una Iglesia (sean liberales o conservadores), no están forzados a aceptar las normas morales impuestas por la Santa Sede. Mucho menos a actuar en su vida cotidiana en función de criterios que no comparten, aunque sean miembros de ella. Precisamente para respetar esta libertad de conciencia, de creencias, de religión, de pensamiento y de acción es que se gestó la separación entre asuntos del Estado y aquellos de las Iglesias.

La otra razón por la que actualmente es posible esta oposición en el Vaticano es porque el Papa tiene 77 años (cumple 78 el 17 de diciembre de 2014), por lo que su pontificado no será previsiblemente muy largo y la fuerza de Francisco inevitablemente irá disminuyendo a medida que pasa el tiempo. Estamos entonces no en una época de sucesión (es muy temprano para ello), pero sí en un momento en que la desobediencia al Papa se puede ejercer, con costos no necesariamente muy altos para quien la practique. Más aún cuando se trate de asuntos doctrinalmente discutibles, como puede ser la eliminación del celibato sacerdotal obligatorio o la recepción del sacramento de la comunión para aquellas personas divorciadas que se han vuelto a casar por el rito civil. Si varios cardenales importantes se oponen y si una buena parte de los obispos manifiestan sus reservas, como al parecer ya lo han hecho, la postura del papa Francisco acerca de estos temas corre el riesgo de no pasar ni los primeros exámenes.

El punto aquí es que, a la derecha del Papa actual, hay un buen número de cardenales, obispos, sacerdotes y feligreses muy conservadores que no quieren ningún tipo de apertura de la Iglesia. Ni siquiera en estos temas más inocuos, ya no digamos en cuestiones centrales para la relación de la Iglesia con el mundo, como la homosexualidad, la despenalización del aborto o el reposicionamiento de las mujeres en la institución, sobre todo en la distribución de los sacramentos (mujeres sacerdotes).

Así que la solución de misericordia sostenida por el Papa probablemente será derrotada, alejando así aún más la institución de aquellos feligreses que, desamparados, tienen entonces varias salidas: la resignación, el fortalecimiento de su autonomía moral, la conversión, o la indiferencia institucional o religiosa.

roberto.blancarte@milenio.com