¿Es Ayotzinapa la primavera mexicana?

Los ciudadanos o el pueblo, como se le quiera llamar, lo que quiere es vivir en paz. Esa población mostró que los criminales están al frente de algunos gobiernos.

El crimen perpetrado contra los normalistas de Ayotzinapa, asesinados en Iguala junto con otros ciudadanos indefensos (un chofer, una señora que pasaba en un taxi y un menor de edad que jugaba en un equipo de futbol), aparezcan o no los 43 normalistas cuyo paradero se desconoce, constituirá una mancha imborrable en la historia de México. De la misma manera que otros acontecimientos violentos en los que la barbarie se ha hecho presente y ha marcado espacios y momentos trágicos en el país. Sin embargo, no queda claro si este terrible episodio tendrá un lugar más en la larga lista de atrocidades permitidas y toleradas, o si marcará una diferencia respecto al pasado. Si los gobiernos, los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones políticas en general tomarán nota del clamor popular, aprenderán algo de los errores cometidos y asumirán su responsabilidad para rectificar su camino. O si permanecerán siendo indiferentes y negligentes, empujando únicamente, como de manera atinada calificó Ciro Gómez Leyva, “una politizada repartición de culpas”. En suma, no sabemos si este terrible suceso generará una “primavera mexicana”, o si constituirá un eslabón más de nuestra degradación política y social.

El tamaño de la indignación es absolutamente comprensible y justificable. La gente está harta de la violencia. Pero, sobre todo, está harta de la ineficacia, de la negligencia, de la ineficiencia, de la corrupción, de la impunidad política que la ha permitido y tolerado. Por eso no es lo mismo Ayotzinapa que el caso de los 72 migrantes asesinados en San Fernando, Tamaulipas, o que el de las 52 personas muertas en el casino Royale en Monterrey, o que el de muchos otros de asesinados y desaparecidos, como sucedía en Michoacán hasta hace poco. Porque, aunque ya se sabía o se podía intuir la complicidad de funcionarios públicos con el crimen organizado, en este caso no hay duda de la red de intereses tejidos y de la indiferencia irresponsable con que autoridades municipales, estatales y federales han observado la creciente descomposición social. Hay además un evidente efecto de acumulación que hace de éste un momento mucho más crítico. Si la gente está saliendo a las calles a protestar, o los estudiantes se están organizando para movilizarse y exigir más de las autoridades y partidos políticos, es porque ya no parece haber a dónde voltear. Todos los partidos y movimientos políticos están involucrados en esta situación, como lo han podido mostrar muchos casos recientes. Por eso, todos están básicamente callados, aunque nunca falta uno que otro imbécil que, preocupado más por las luchas internas partidistas, sigue aventando la mierda que pisa, sin darse cuenta de que ésta ya llegó al abanico.

Los gobiernos, aunque se muestran indignados, en realidad están muertos de miedo. Y como sienten culpa, están dejando que el caos crezca, pues en el fondo no saben qué hacer para detener las protestas. Otros, por el contrario, sueñan con que estas protestas agudicen las contradicciones del sistema y culminen en la toma del palacio de invierno. En medio hay muchos que ya no saben qué hacer y se definen por el hartazgo. La mayor ausente es la legitimidad.

La gente común, los ciudadanos o el pueblo, como se le quiera llamar, lo único que quiere es vivir en paz, con la seguridad de que el policía, ya no digamos el criminal, no lo va a asaltar, a violar o a asesinar. Lo que el caso de Ayotzinapa mostró y sigue mostrando es que los criminales están al frente de algunos gobiernos, que la policía está a su servicio, que están coludidos con otros criminales y que nadie está haciendo algo serio para evitarlo. La gente sabe que los partidos han llevado a estos criminales a obtener cargos políticos, que los han tolerado y que únicamente están preocupados por las próximas elecciones. Sabe que los gobiernos no han hecho su trabajo y que, desde lo alto de sus oficinas y la comodidad de sus camionetas blindadas repletas de “cuerpos de seguridad”, son en el fondo indiferentes o ineficaces: da lo mismo. Y, o se mueven y hacen algo pronto, o aquí tendremos, con todo lo que ello implica, nuestra primavera mexicana.

roberto.blancarte@milenio.com