Asesinar a un sacerdote

El asesinato del sacerdote católico Gregorio López, de la atribulada diócesis de Ciudad Altamirano, en plenas fechas decembrinas, muestra muchas cosas; entre ellas, que nadie está a salvo de la violencia en México y que hemos llegado a niveles incontrolados de la misma. Nos hace también pensar en la fragilidad de las instituciones y en la debilidad de principios que nos mueven como sociedad; estamos frente a una enorme ausencia de valores esenciales para la convivencia entre los seres humanos; no hay principios cívicos ni religiosos que frenen al crimen y a los que usan la violencia como método para dirimir diferencias. Ese es el resultado de lo que dirigentes políticos y sociales nos han enseñado durante años, es decir que la mejor manera de sobrevivir es evadir la ley, torcerla para nuestros propósitos, aplicarla solo a los más débiles y vivir impunemente. Eso es lo que se ha transmitido también a escala familiar. Como consecuencia, cada quien hace lo que quiere en todos los niveles de la sociedad; desde el señor que critica al gobierno por corrupto pero a la primera oportunidad hace negocios con él, hasta el que pasea a su perro y no le recoge su mierda, aun a sabiendas de que eso está prohibido y le va a afectar a su misma salud por las heces fecales en el ambiente. Desde el empresario que descarga desechos tóxicos donde puede, hasta el religioso que traiciona sus votos de pobreza y su vocación de servicio, pasando por el que se estaciona en doble fila y se mete delante de la fila porque tiene prisa. En suma, no tenemos civilidad y las instituciones tanto cívicas como religiosas han fallado en la transmisión e inculcación de los mínimos valores de coexistencia pacífica.

Cuando hablo de valores, no me refiero únicamente, como muchos lo hacen, a valores religiosos o a ideas conservadoras. Hay muchos principios y valores esenciales para nuestra convivencia que son liberales y progresistas, como el de la libertad, el de la tolerancia, el del respeto a los derechos del otro, a la justicia, etc. El problema es que en México ni uno ni otro han sido transmitidos a gruesas capas de la población. El fracaso de la escuela en México solo esconde otros; el de la familia, el de los gobiernos, el de los sindicatos, el de los empresarios, el de los ministros de culto, etc. No hemos sido capaces ni de vivir con los valores que predicamos ni mucho menos de transmitirlos con nuestro ejemplo.

Por otra parte, mucha gente cree que la religión en sí misma es un antídoto automático contra la violencia. Y eso es falso. Nada más basta leer el Antiguo Testamento para ver la enorme cantidad de violencia, incluso proveniente de Dios, que en esas narraciones tiene lugar. Por lo demás, un repaso rápido por la historia nos muestra cómo la religión ha sido utilizada para enormes actos de violencia, desde la justificación de guerras hasta la de torturas y desapariciones, pasando por la esclavitud o la segregación racial. Y no hablo solo del cristianismo. Incluso en tiempos recientes se puede contemplar la violencia de budistas contra musulmanes en lugares como Myanmar (Burma). Y obviamente la violencia desatada por el autoproclamado Estado Islámico en Medio Oriente.

Lo que me lleva al punto que quiero establecer: el problema no es la ausencia de religión, sino la de valores y principios para la convivencia respetuosa del otro, que por lo visto no se enseña ni en las escuelas ni en las Iglesias, ni en la casa. Es por ello que matar a un sacerdote, aunque se trate de un crimen oprobioso, puede suceder sin que exista un clamor generalizado allí donde sucedió. No es la primera vez que sucede en nuestra historia: Pancho Villa mató a muchos sacerdotes y sigue siendo un héroe de la Revolución mexicana.

Pero la verdad es que ni matar a un sacerdote, ni matar a un diputado, a un soldado, a una mujer o a un narcotraficante debería ser normal, ni mucho menos normalizado, en nuestra sociedad. Solo cuando aprendamos a considerar al otro y nuestro comportamiento cívico-social se apegue a los principios de una convivencia justa y realmente respetuosa de los derechos de los demás, comenzaremos a tener la paz que todos deseamos.

 

roberto.blancarte@milenio.com