El vaciamiento de la política

Al menos son dos las lecturas que se pueden hacer del asunto que marcó la agenda de la semana pasada, el desproporcionado salario del titular de la Auditoría Superior del Estado de Jalisco, el célebre villano favorito de mi madre, Alonso Godoy Pelayo. Por supuesto no podría faltar esa lectura que probablemente sea la más socorrida en algunos círculos de opinión de nuestros políticos profesionales y que reduciría el asunto a una mera línea editorial de MILENIO JALISCO, ciertamente alentada y liderada por nuestro director editorial Jaime Barrera, quien acertadamente comentó que “el caso es que con la disminución salarial de Cross, [en alusión a Guillermo Alcaraz Cross, presidente del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana del Estado de Jalisco] el que aparece como el funcionario mejor pagado del estado, por arriba también del gobernador, del alcalde de la capital jalisciense y de los delegados de las dependencias federales más importantes como la del IMSS y la SEDESOL, es nada más y nada menos que el cuestionado y aún titular de la Auditoria Superior del Estado de Jalisco (ASEJ), Alonso Godoy Pelayo, quien percibe mensualmente 186 mil pesos, es decir, 20 mil pesos más que el jefe del Ejecutivo estatal” (Radar, 17 de marzo). Limitar el asunto de esta manera sin embargo, valdría a no querer ver más allá del evidente vaciamiento de la política que se expresa lo mismo en los últimos reportes del Observatorio Ciudadano Jalisco Cómo Vamos que revelan el poco interés de los ciudadanos por participar o involucrarse en acciones de naturaleza colectiva, así como la pobreza democrática (Nancy García dixit) reflejada en el marcado desconocimiento y desaprobación social de quienes nos gobiernan y en la definitiva desconfianza que se tiene del Congreso y los jueces, que en las expresiones cotidianas que pululan por las redes sociales y lamentablemente parecen haberse convertido en el pan nuestro de las conversaciones familiares de cada día. Mucho me temo que los graves niveles de hartazgo social que estamos observando hoy en día, se encuentran directamente relacionados con el grado de omisión y permisibilidad ciudadana frente a una política que dejó de representar nuestros propios intereses, hasta el punto de haber convertido el interés público en una especie de pálido recuerdo que paulatinamente ha sido sustituido por un amasijo de intereses particulares que rigen a las instituciones públicas y normas generales. ¿En qué momento los ciudadanos permitimos que la política se vaciara del contenido significativo para nosotros? Y más importante aún ¿hasta cuándo seguiremos tolerándolo?

 

roberto.arias@coljal.edu.mx