La seguridad pública frente a las trampas del poder

Ya sea por los diversos asuntos delictivos recientemente cometidos o por repercusiones de asuntos de inseguridad más añejos, lo cierto es que el tema de la seguridad pública en Jalisco no ha dejado de estar entre los asuntos que demandan la atención prioritaria de las autoridades locales.

En estos momentos sin embargo, me parece que la atención pública no debería centrarse en responder cuánto tiempo más debe permanecer Luis Carlos Nájera Gutiérrez de Velasco en el cargo de fiscal general, sino en las profundas implicaciones de la transformación institucional que se operó con el cambio de gobierno, a partir de premisas basadas en la centralización y el fortalecimiento de la unidad de mando de los cuerpos de seguridad pública.

Como en cualquier otro caso, el desempeño del funcionario público puede motivar opiniones encontradas entre quienes lo valoren positivamente y quienes no. Lo preocupante –incluso para quienes aprecien favorablemente el trabajo realizado por el fiscal general– radica en el maniqueísmo que destilan sus más recientes declaraciones en ocasión de los casos delictivos relacionados con la red interna de robo y tráfico de combustible (MILENIO JALISCO, 31 de julio) y el lamentable asesinato del presidente municipal de Ayutla (MILENIO JALISCO, 4 de agosto).

Una visión que tienda a reducir la enorme complejidad del entorno de inseguridad que padecemos hoy en día los jaliscienses a una lucha entre buenos y malos, es signo inequívoco de la tentación de poder que suele rondar en torno a los funcionarios públicos que llegan a ocupar cargos de muy alta responsabilidad, una tentación que sólo es posible resistir con una ética personal y profesional muy sólida.

Lamentablemente en nuestro mundo abunda una infinidad de contra ejemplos que muestran cómo las personas que suelen arribar con las más honestas y buenas intensiones a cualquier cargo público –sin importar su nivel jerárquico– dispuestas a transformar su entorno, sucumben a la tentación del poder, terminando ellas mismas siendo transformadas en su peor pesadilla: temerosos seres humanos dispuestos a encontrar efímeras certezas que, en su afán por encontrarlas, tienden a alejar y eliminar cualquier opinión contraria a la suya y rodearse de las infaltables voces lisonjeras, siempre dispuestas a validar su manera de ver y resolver problemas.

En el caso de los responsables de la seguridad pública, el sucumbir a la tentación del poder se convierte en un riesgo mayor, toda vez que puede transformarse en actos de abuso de autoridad y, en el extremo, en delirantes comportamientos de persecución contra cualquier buen cristiano que se les cruce en el camino.

 

roberto.arias@coljal.edu.mx