Del ruido al silencio político

Eso queda en su conciencia, quién soy yo para decirles que lo regresen” fue la respuesta que ofreció el arzobispo de Guadalajara, Francisco Robles Ortega, a la pregunta sobre el escándalo por los inocultables abusos cometidos por los diputados con los gastos a cuenta de la partida destinada a las mal llamadas casas de enlace legislativo (MILENIO JALISCO, 7 de octubre).

Evidentemente, el silencio que se ofrece por respuesta contrasta con ese otro estilo más bien polemista y farolero, al que nos tenía acostumbrado el arzobispo emérito de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, que le permitió ganarse a pulso esa “imagen de ogro” y que hoy se esfuerza por lavar a través de la más reciente publicación de su biografía (MILENIO JALISCO, 11 de octubre), esfuerzo por demás loable y harto difícil si nos atenemos al perfil psicológico ofrecido por el analista Manuel Mancera acerca de Juan Sandoval Íñiguez (MILENIO JALISCO, 13 de octubre).

Personalidades aparte y más allá de lo evidente, lo cierto es que la respuesta apunta directamente a la conciencia de los políticos profesionales, precisamente uno de los ámbitos menos estudiados y quizás más desdeñados de la actividad política profesional. Por razones de espacio, no abundaré sobre los argumentos disciplinares e históricos que explican la escasa atención pública que se tiene sobre los valores y su influencia en el ámbito de la política, y más bien me referiré brevemente a esa sugerente aproximación planteada por Paul Valadier, durante el interesante ciclo de conferencias que ofreció recientemente en nuestra ciudad y que lamentablemente pasó casi inadvertido.

De Valadier acaso retomo esa idea, basada a su vez en la tesis de Jacques Maritain que sugiere que son los valores cristianos a los que les corresponde sostener las estructuras sociales y no al revés, y que lo lleva a sostener una postura que le devuelve “el vigor a lo espiritual en política (…) para que lo político esté a la altura de su “vocación”, o que las “estructuras sociales” sean portadoras de justicia y favorezcan la vida común” (2009:100), para ilustrar una probable interpretación de lo que no es tan evidente de la respuesta ofrecida por el arzobispo de Guadalajara.

Si esta interpretación se estima válida, me parece que harían muy bien nuestros legisladores locales en callarse la boca, dejar de hacer ruido con excusas y argumentos estériles, para escuchar mejor desde el silencio de su conciencia, lo que sus valores éticos pudieran estarles dictando sobre la forma de proceder en este asunto particular, sin dejar de advertir el riesgo que supone que no tengan ética alguna, lo cual nos llevaría a otro problema que no abordaré.