La revolución mexicana hoy

Si por algo se caracterizaron las celebraciones del ciento cuatro aniversario de la Revolución Mexicana, definitivamente fue por la movilización de la conciencia cívica. Hoy nadie puede arrebatarle al señor Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, la satisfacción de haber cumplido cabalmente su promesa de mover a México.

Las múltiples expresiones sociales motivadas ya sea por la solidaridad hacia los dolientes padres que se afanan en encontrar vivos a sus hijos o por el hartazgo ciudadano ante las diversas evidencias de la impunidad rampante, que parece impregnar los cimientos mismos del Estado mexicano, marcharon por las calles y se dejaron escuchar en las plazas públicas de México y el mundo, lo mismo que en las redes sociales, las reflexiones intelectuales y las conversaciones familiares en las que Ayotzinapa ocupó su lugar en ese espacio imaginario de la opinión pública, como el símbolo más elocuente y actual de las asignaturas pendientes del movimiento revolucionario mexicano.

Como ciudadanos, podemos expresar nuestro acuerdo o desacuerdo respecto a la manera concreta en que se dieron ciertas manifestaciones de inconformidad social; sin embargo, más allá de posicionamientos y expresiones específicas, se vislumbra un halo de esperanza en toda esta movilización de conciencias, cuyo rasgo más significativo es la avidez cívica por desentrañar y conocer la verdad, por más cruda que pueda resultar, sobre todos aquellos asuntos que, por su naturaleza pública, implican y conciernen a todos por igual.

Más nos valdría subrayar y aquilatar los aprendizajes colectivos derivados de la sabiduría que parecen brotar de tan inusual revolución de las conciencias. La primera lección es la que nos implica a muchos padres de familia y que ha sido valientemente expresada en la exigencia sin cuartel que le han planteado al Estado mexicano, unos padres que mantienen la esperanza de recuperar con vida a sus 43 hijos desaparecidos. Por otra parte, el descubrimiento acerca de las pésimas condiciones en las que vivían los estudiantes normalistas, nos ofrece una segunda lección sobre la importancia de la tenacidad frente a la adversidad, que nos enseñan quienes desde abajo, se empeñan en sostener con vida a la educación popular. Otros aprendizajes colectivos no menos importantes tienen que ver con la sagacidad mostrada para evitar caer en las no pocas provocaciones, ya sean orquestadas desde el Estado o por quienes tajantemente lo rechazan, y cuya intención no es otra que la de desvirtuar el sentido profundo y legítimo que mueve a México hoy, tanto como lo hiciera la revolución de 1910: la inacabada aspiración por una justicia social para todos. 

 

roberto.arias@coljal.edu.mx