La presencia de Jesús en 2015

En medio de los pésimos indicadores y expectativas económicas, reforzadas por los nada halagüeños recuentos de las noticias locales que marcaron el año que estamos por terminar (MILENIO JALISCO, 22 y 23 de diciembre), ciertamente pareciera que no hay demasiados asideros para recibir el año nuevo con una buena dosis de optimismo.

El pesimismo que se respira en el ambiente pareciera tan abrumador, que incluso la más reciente conmemoración de la buena nueva del nacimiento de Jesús fue motivo de opiniones francamente desoladoras ante los inocultables signos de una ausencia de Jesús en nuestra sociedad (Gemma Medina Aréchiga, MILENIO JALISCO, 27 de diciembre), o versiones literarias de una historia de Jesús más bien distorsionada (Roberto Castelán Rueda, MILENIO JALISCO, 26 de diciembre).

No es mi intención aquí comenzar discusión alguna por las opiniones vertidas por mis compañeros, opiniones que más bien respeto y aprecio por la oportunidad que ahora tengo de expresar aquí mi plena confianza en ese Jesús. La confianza a la que me refiero aquí tiene que ver con esa necesidad inherente e ineludible del ser humano que hace posible su vida en sociedad. Curiosamente hace un año me referí a la confianza, apoyándome en una cita de Niklass Luhmann que ahora reproduzco: “por supuesto que en muchas situaciones, el hombre puede en ciertos aspectos decidir si otorga confianza o no. Pero una completa ausencia de confianza le impediría incluso levantarse en la mañana. Sería víctima de un sentido vago de miedo y de temores paralizantes. Incluso no sería capaz de formular una desconfianza definitiva y hacer de ello un fundamento para medidas preventivas, ya que esto presupondría confianza en otras direcciones” (2005:5).

El Jesús en el que he decidido confiar poco tiene que ver con las múltiples interpretaciones que se han hecho o podrían llegar a formularse acerca de ese personaje histórico que vivió hace ya casi 2015 años, mucho menos tiene que ver con lo que hoy hagan o dejen de hacer mis amigos, vecinos o familiares. Jesús es la expresión de un amor incondicional que me ofrece cada mañana la certeza de una nueva oportunidad de empeñar mi mejor esfuerzo, así, un día a la vez, para intentar transformar este mundo en un mejor lugar para vivir.

Francamente desconozco cuales serán esos propósitos que usted, amable lector, estará preparando para iniciar este próximo año. En esta ocasión, mi único propósito es que usted, al igual que un servidor, viva cada uno de sus días manteniendo la conciencia bien abierta a la presencia de ese amor incondicional que suele ofrecernos Jesús a través de las más insospechadas personas que están a nuestro alrededor.

 

roberto.arias@coljal.edu.mx