A la memoria del amigo y compañero Galván

De entre todas las noticias locales que se sucedieron en el transcurso de la semana y que vinieron a refrescar nuestra memoria colectiva en torno a las múltiples asignaturas pendientes en la entidad, lo mismo la denuncia penal por el presunto desvío de recursos en la construcción de las Villas Panamericanas (MILENIO JALISCO, 15 de junio), o la falta de transparencia en torno a la nómina del Congreso y su evidente uso político (MILENIO JALISCO, 16 y 19 de junio), que la persistente contaminación sobre el río Lerma (MILENIO JALISCO, 21 de junio), quizás la que me provocó el mayor estupor fue el asesinato de Javier Alejandro Galván Guerrero (MILENIO JALISCO, 20 de junio).

Conocí a Javier Galván en la entonces Facultad de Administración de la Universidad de Guadalajara, tiempo en que logramos forjar una entrañable amistad, al calor de la política estudiantil primero y posteriormente en las lides políticas del entonces Frente Juvenil Revolucionario. Fueron aquellos años en que ambos creíamos firmemente en nuestra condición biológica como bandera revolucionaria, más que inspirados por aquel legendario ex presidente chileno, Salvador Allende.

Por supuesto que la relación política que sostuve con el amigo y compañero Galván no estuvo exenta de disensos y legítimas diferencias de criterio. Jamás he creído y nunca acepté, por ejemplo, el uso de armas en la política estudiantil. Desde siempre he sido un convencido de la superioridad del ejercicio de la política como medio para dirimir cualquier conflicto de intereses. Y ahora, que las balas hicieron enmudecer al amigo, más que nunca ratifico mi personalísima convicción pacifista y democrática a favor del acuerdo y el diálogo político civilizado.

Como toda sana amistad y legítima complicidad política, con los años ambos decidimos separarnos para emprender nuevos derroteros. Mientras mis inquietudes académicas me hicieron emigrar a la capital de la República con el propósito de estudiar un posgrado al concluir la carrera de administración pública, mi amigo Galván optó más bien por reinscribirse a la Universidad, para ahora sí terminar la carrera como abogado, tiempo en el que retornó a su terruño para hacer política y convertirse, años más tarde, en presidente municipal.

De las múltiples historias que seguramente circulan o circularán en torno del oriundo político de Autlán de Navarro, Jalisco, yo quiero conservar y ahora compartir con mis probables lectores, la historia de aquél entusiasta joven y carismático líder estudiantil que, en su momento, logró sumar y alentar muchas voluntades para realmente trabajar en equipo. Al amigo y compañero Galván le digo hoy: descansa en Paz.

 

 

roberto.arias@coljal.edu.mx