Los límites de la estrategia y la paciencia social

Lo más significativo de la nota periodística en la que se consignó el disturbio ocurrido en el corazón mismo de nuestra ciudad durante la víspera de la “noche de brujas”, fue la “ira y euforia en los rostros de las personas que dañaron los vehículos y el local comercial” (MILENIO JALISCO, 1 de noviembre). Guardadas las debidas proporciones y motivaciones aparte, muy probablemente los signos de indignación que afloraron en los rostros de quienes cometieron tales actos vandálicos, resultan muy similares a los que también mostraron los rostros de los padres de familia de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa.

Aunque no resultan del todo claras las motivaciones que llevaron al centenar de tapatíos a cometer tales hechos vandálicos, se infiere que fue una reacción social frente al operativo institucional, como lo llamó pomposamente el secretario general del ayuntamiento, Jesús Lomelí Rosas, y en el que participaron diversas dependencias de los tres órdenes de gobierno, “con el objetivo central de mantener la seguridad, ordenamiento, el combate a la ilegalidad y el respeto” (MILENIO JALISCO, 1 de noviembre).

Más allá de la legitimidad de las razones y motivos de las reacciones sociales que parecen multiplicarse por toda la República, lo cierto es que por el lado de las instituciones también se observan signos que denotan el agotamiento de la estrategia en materia de seguridad. Una estrategia que nuestras autoridades se empeñan en sostener a fuerza de enormes inversiones de dinero que son destinadas para el armamento, el equipamiento y la contratación de policías bajo cuestionables estándares de confiabilidad.

La “prudencia” que, a decir del comisario de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, José Ángel Molina, mostraron los cuerpos de seguridad frente al disturbio ocurrido en Guadalajara (MILENIO JALISCO, 1 de noviembre), constituye la más elocuente evidencia de que frente a la ira social manifiesta, sea por motivos legítimos o no, muy poco pueden hacer los más sofisticados equipamientos antimotines.

Realmente se necesita ser miope para no ver en esos “crecimientos razonables” de nuestra economía, a los que se refirió Agustín Carstens (MILENIO JALISCO, 1 de noviembre), las causas profundas de ese riesgoso caldo de cultivo, en que se han convertido amplios segmentos de población, que padecen de las más crudas carencias y son víctimas del creciente fenómeno de exclusión social, que es reforzado por el miedo, que seguro estará al alza, por casos como el de José Alfredo Espinosa Guerrero, alias La Vaca, un ex policía convertido en asesino a sueldo por 3 mil 500 pesos mensuales (MILENIO JALISCO, 30 de octubre).  

roberto.arias@coljal.edu.mx