La educación y los jesuitas hoy

Movido por esa gratitud que puede llegar a sentir un padre de familia que descubrió tardíamente la riqueza de la labor educativa de la Compañía de Jesús en Guadalajara, hoy quiero sumarme al ánimo de fiesta que han anunciado los jesuitas, por sus primeros 200 años de haber sido restituida su congregación por parte de la Iglesia Católica (MILENIO JALISCO, 1 de septiembre).

La mejor manera que encuentro para sumarme a las celebraciones es compartiendo mi testimonio personal. Comienzo por aclarar las razones de ese descubrimiento tardío y que tienen que ver con esas ideas predominantes durante mi niñez que llevaron a que mi padre decidiera confiar al Estado mexicano la responsabilidad de toda mi educación: desde el nivel preescolar hasta los estudios profesionales. Siendo el hijo mayor de quien fue un buen padre formado ideológicamente por el laicismo revolucionario –y siendo él mismo un orgulloso expulsado del colegio jesuita– era de esperarse que, ni por asomo, se pensara que su hijo mayor pisara colegio confesional alguno. Por supuesto, como todo en esta vida, los años y un poco de sagacidad de parte de mi madre, lograron que mi padre concediera que mi hermana y mi hermano menor estudiaran en colegios de inspiración religiosa. Pero esa es otra historia.

Por lo que a mi corresponde, al ahora Instituto de Ciencias, colegio jesuita en Guadalajara, lo vine a conocer mucho tiempo después, cuando en calidad de padre primerizo, me encontré ante el dilema de decidir la educación que queríamos darle a nuestra hija mayor. La ardua labor de investigación que emprendió mi esposa –hace ya 14 años- sobre las opciones educativas en Guadalajara, nos llevó entonces a discernir entre la escuela del racionalismo francés que ofrece el Colegio Franco-Mexicano y la educación humanista de inspiración jesuítica del Instituto de Ciencias.

Ahora que mi hija mayor cursa su último año de preparatoria y luego de haber asistido la semana pasada, a la primera reunión de padres de familia del ciclo escolar, donde se nos informó de los más recientes cambios y mejoras en los procesos educativos que vivirán nuestros hijos, puedo afirmar que el darles la oportunidad de una educación de inspiración jesuítica ha sido de los pocos aciertos de los que podría sentirme plenamente satisfecho.

Sin demeritar la vocación de los buenos maestros que cotidianamente aportan su granito de arena en la formación de niños y jóvenes, al enterarme por voz de los expertos (Cfr. Miguel Bazdresch, MILENIO JALISCO, 31 de agosto), de las vicisitudes por las que atraviesa hoy la educación pública, me llevan a sugerir volver la mirada hacia quienes llevan buen rato en la labor educativa.

 

roberto.arias@coljal.edu.mx