Cuba: 1992-2016

La muerte de Fidel Castro Ruz ha vuelto a poner a Cuba en el centro de la atención internacional y no es para menos. Personalmente, he podido constatar la cotidianidad de los cubanos en dos momentos diametralmente opuestos. Mi primera experiencia se remonta a 1992, un año particularmente difícil para el pueblo cubano que entonces se encontraba enfrentando graves dificultades sociales, económicas y políticas derivadas de la escasez generalizada en la isla, producto del abrupto retiro del apoyo que venían recibiendo de parte de los soviéticos, tras el derrumbe del socialismo real a finales de la década de los años ochenta del siglo pasado. Un apoyo invaluable para el régimen cubano, en tanto que le permitió sortear las dificultades motivadas por el prolongado embargo económico impuesto por los norteamericanos tras el episodio conocido como la crisis de los misiles. De aquel entonces, aún recuerdo un peculiar conflicto familiar suscitado entre una madre y su hijo por la llamada telefónica que recibieran de parte del Ministerio de Educación, para notificarle a la madre el ingreso de su vástago a la Escuela Técnica de Astilleros. El hijo montó en cólera contra el régimen ante tal noticia, por la frustración que le causó no poder estudiar la Licenciatura en Turismo como era su deseo. Apenas un botón de muestra del ambiente social tenso que se respiraba por toda la isla a raíz de las diferencias entre los cubanos nacidos antes y después de la Revolución.

Mi segunda experiencia es mucho más reciente, apenas la semana previa al anuncio de la muerte del líder revolucionario Fidel Castro Ruz. Una realidad muy distinta es la que se respira ahora en Cuba, no solo por la amplia aceptación social que gozan los sistemas públicos de educación y salud por sus estándares de calidad y beneficios alcanzados en términos de una población educada y sana; sino además, por ese orgullo cubano particularmente patente en el Centro Histórico de La Habana, prácticamente reconstruido y revitalizado y que nos remonta al periodo de la colonia española, una época que resultó particularmente próspera para la ciudad de La Habana, por su ubicación geográfica que la convirtió en un referente obligado de los flujos comerciales entre Europa y América. Tal circunstancia no sólo es importante motivos históricos cuando “el mundo entero pasó por La Habana”; sino por la patente diversidad étnica, religiosa y cultural que se observa en sus calles y que revela una enorme pluralidad social que no sólo no sucumbió frente al rostro autoritario que llegó a mostrar el régimen político nacido de la Revolución sino que hoy parece expresarse con mayor intensidad al gozar de mayores libertades.

roberto.arias@coljal.edu.mx