Reforma política: De los anhelos al gatopardismo

En virtud de la amable sugerencia que me hiciera mi buena amiga y colega, la doctora Nancy García Vázquez, sobre la obligada opinión que esta semana merecía el tema de la recientemente aprobada y publicada reforma político-electoral en el ámbito local, en lugar de ofrecerles a nuestros probables lectores una opinión inexperta como lo es la de su servidor, finalmente decidí preguntarle a los que sí saben de asuntos electorales.

Dada mi natural tendencia al escepticismo que me producen los asuntos electorales, admito que mi decisión de consultar a los expertos, obedeció a un intento por abonarle a esa visión optimista y esperanzadora que me gustó leerle recientemente a Jaime Barrera Rodríguez sobre este tema (Radar, MILENIO JALISCO, 8 de julio).

Este intento fallido me trasladó, casi instantáneamente, del reino de los sueños y los anhelos a la triste realidad del mundo de la política. Para muestra, van tres botones: de entrada, el primer experto que consulté asumió que me refería a la reforma política nacional y, sin mayores tapujos, la calificó de centralista, para luego matizar que quizás desde la perspectiva nacional fue necesaria para intentar reducir la influencia de algunos cacicazgos locales; sin embargo, no se justificaba para aquellas regiones donde hay alternancia y sociedades más abiertas. Ya no quise preguntarle dónde ubicaba a Jalisco y ser optimista sobre su probable respuesta.

La segunda opinión me señaló que se asemejaba mucho al efecto Slim que muy probablemente veremos en el ámbito de las telecomunicaciones: reajustar la competencia para seguir controlando el mercado. Para luego sepultar los anhelos de profesionalización con una expresión categórica: “ay… no manches, ¿quién hizo un buen trabajo antes y después para mandar?”.

La más prolija opinión la obtuve de mi buen amigo y destacado politólogo Koskuahtémok Dias, para quien “lo que sigue ausente en las reformas electorales es el cambio de paradigma en cuanto a la discrecionalidad con que las cúpulas partidistas asignan lugares en las plurinominales; éstas y la falta de democracia interna representan el gran cáncer del sistema electoral y de partidos en México”. Y escéptico como pocos frente a las probables candidaturas independientes, opinó que ese reclamo “surge porque los partidos se han vuelto impermeables a los liderazgos sociales naturales; pero, de ser exitosas, traerán más problemas que soluciones: las candidaturas independientes demostrarán que solo los ricos y poderosos lograrán servirse de ellas para sus muy personales fines. La elección de ese payaso Lavin, en San Blas, demuestra que mi crítica está justificada”. Visto así, ¡viva el gatopartismo!   

 

roberto.arias@coljal.edu.mx

Académico de El Colegio de Jalisco