Michoacán: del miedo a la esperanza

Guardadas las debidas proporciones, tal parece que lo ocurrido recientemente en el vecino Estado de Michoacán se perfila para convertirse en el Chiapas para el actual gobierno federal. De manera similar a lo ocurrido hace 20 años, la irrupción violenta de las llamadas “autodefensas” en el corazón de la Tierra Caliente michoacana, seguramente incomodó a más de algún miembro del gabinete presidencial que muy probablemente continuaba festinando la bienvenida del nuevo año junto con la aprobación de las reformas estructurales que lo acompañaron.

El ambiente festivo de inicios de año contrastó, al igual que en 1994, con la dureza de la realidad de lo que las familias han venido padeciendo en nuestro vecino estado de Michoacán, cuyos rasgos apenas se imaginan por el testimonio de “María”, una mujer que no quiso revelar su identidad por temor a sufrir una represalia y que ahora forma parte de las decenas de familias que han decidido emigrar hacia los poblados limítrofes de Jalisco y Michoacán: “allá en Los Reyes, lo que sea, federal, militar, lo que halla, todo está coludido, está en manos de esa gente […] Nada más llegan a tu casa y te levantan” (MILENIO JALISCO, 19 de enero).

Las acciones inmediatas adoptadas por el Estado mexicano frente a la emergencia, junto con las voces valientes que se han dejado escuchar “para dejar el miedo para el diablo” (Vicario Gregorio López dixit), así como “la instrucción puntual para el Estado de Michoacán” (MILENIO JALISCO, 18 de enero), para convertir a la educación, la cultura y las artes en los principales instrumentos públicos para recomponer los fracturados valores cívicos que hagan posible la convivencia segura, pacífica y armónica que merecen nuestros hermanos michoacanos, ciertamente alimentan nuestra esperanza por la pronta pacificación de Michoacán.

Aún cuando todavía habrá que esperar el desenlace y los saldos de lo ocurrido en Michoacán, desde ahora la principal lección para el resto de los ciudadanos mexicanos nos la ofrece ese sentimiento de esperanza que ahora abriga a esa “María” que le bastó recorrer apenas 8 kilómetros que separan a Los Reyes en Michoacán del poblado de El Atravesaño en Jalisco.

Un pequeño halo de esperanza es lo que se requiere para no sucumbir a merced de nuestros miedos más profundos y ocuparnos de manera efectiva en cada una de nuestras respectivas responsabilidades cotidianas, para esforzarnos a contribuir con nuestro granito de arena en la reconstrucción de ese México que muchos deseamos con un rostro de paz, fraternidad, libertad y prosperidad al que todos merecemos y todos debemos contribuir y, siempre con esperanza, podremos heredar a nuestros hijos.

roberto.arias@coljal.edu.mx

Académico de El Colegio de Jalisco