Lecciones desde la mitad del mundo

La semana pasada tuve oportunidad de asistir al XIX Congreso Internacional sobre Reforma del Estado y la administración Pública que, año con año, es organizado por el Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo. El Congreso del CLAD es quizás el foro internacional más consolidado en lo que se refiere a la discusión y la difusión de las ideas y prácticas reformadoras de la administración pública que campean en la región latinoamericana.

Francamente jamás imaginé la enorme paradoja que vendría a descubrir por aquellas tierras quiteñas del Ecuador, a las que fuimos convocados un buen número de personas que nos dedicamos al estudio y la práctica de la administración pública en nuestros respectivos países, movidos tal vez por el sueño de aportar nuestro granito de arena al mejor desempeño de los gobiernos en nuestros respectivos estados nacionales.

Como lo expresara muy bien el secretario general del CLAD, la savia discurrió entre los distintos paneles en los que pudimos escuchar y compartir diversas experiencias, lo mismo sobre los desafíos de la institucionalización, profesionalización e innovación de la gestión pública, que los retos para lograr gobiernos abiertos, mayor involucramiento y participación ciudadana y políticas públicas promotoras de la inclusión social.

Entre tanto, el contexto nacional ecuatoriano me ofreció múltiples pistas acerca de una revolución ciudadana en marcha que está siendo encabezada por su Presidente, Rafael Correa, marcada por su más reciente Constitución nacional aprobada en 2008 y un debate político en torno a la posibilidad de la reelección indefinida de su Presidente -muy al estilo venezolano- envuelto en un paquete repleto de lindas promesas de estabilidad política y prosperidad económica.

Afortunadamente una oleada de turistas venezolanos, bastante ajenos a tan sesudas discusiones reformistas, contribuyeron a situarme con ambos pies sobre la tierra y con la sencillez de todo buen ciudadano, revelarme la cruda realidad de un Estado sumamente controlador y manipulador de la voluntad popular que padecen hoy en día.

Con el debido respeto que me merecen las autoridades nacionales de aquellas tierras, encuentro en la prudencia cívica la más preciada lección frente a la mayor amenaza de todo régimen político: cuando los ciudadanos claudicamos de los propios empeños por pensar y actuar conforme a nuestro más leal creer y saber, y cedemos el paso franco a un único pensamiento político de moda, envuelto en la falsa promesa de ofrecer lo que sólo cada uno de nosotros podemos darnos: una vida digna y a la altura que el ejercicio de nuestra libertad y nuestras capacidades nos lo permitan.

 

roberto.arias@coljal.edu.mx