Leal a la pasión de un maestro emérito

Entre quienes hemos descubierto en la tarea docente una segunda vocación, de sobra sabemos que el buen maestro no necesariamente es aquel que se encuentra en el salón de clases, pero también sabemos que la vocación de un buen maestro no se limita al espacio de un aula escolar. También hemos aprendido a reconocer que, entre los buenos maestros, los hay quienes, de manera extraordinaria, han sabido conjuntar la paciencia del cotidiano ejercicio docente por las aulas con su pasión por la educación y la formación humanista que suele trascender a los espacios escolares y universitarios. De esa estirpe de extraordinarios maestros, ni más ni menos, forma parte mi maestro José Luis Leal Sanabria.

Por mi vocación profesional, no tengo la fortuna de contarme entre los ex alumnos de la clase de derecho constitucional que puntualmente impartió Leal Sanabria por más de cincuenta años en la antigua facultad de derecho de la Universidad de Guadalajara; sin embargo, en calidad de presidente de El Colegio de Jalisco, la vida me permitió contar con su invariable amistad, gozar de su enorme paciencia y aprovechar sus no pocas lecciones de vida, todas piezas invaluables que, a pesar de los altibajos de la vida y mis propias limitaciones, me permitieron culminar satisfactoriamente mis estudios doctorales.

Por ello es que, con gratitud perenne a mi maestro José Luis Leal Sanabria, no sólo quiero expresar públicamente mi adhesión a todas esas voces que se han congratulado por haber recibido tan merecido reconocimiento como maestro emérito de la Universidad de Guadalajara, sino además, quiero refrendar aquí mi compromiso con mi propia vocación docente con la pasión que mi maestro Leal Sanabria me ha enseñado: enseñar con la misma pasión con la que me dediqué a aprender pero siempre sin olvidarme de continuar aprendiendo.

Como el propio maestro Leal Sanabria nos ha advertido, el desafío que tenemos por delante es enorme, ya que el orden global nos ha impuesto una escala de valores en la que “el capital y la máquina están antes que el individuo, es decir, antes que la cultura, antes que la educación, antes que el bienestar, antes que la misma participación comunitaria del hombre […] Si nos proponemos satisfacer este esquema no queda lugar para el pensamiento crítico e innovador, motor del progreso civilizatorio […] La misión de la universidad no es formar hombres diestros pero incultos […] de manera que imponerle la pretensión de educar para cumplir demandas de orden empresarial, es pretender que forme para el ahora y que capacite para satisfacer necesidades del momento, muchas veces efímeras y contingentes” (MILENIO JALISCO, 5 de diciembre).

 

roberto.arias@coljal.edu.mx