Información: antídoto contra la demagogia y el abuso

Tal parece que la reforma energética se ha vuelto un tema propio de la clasificación que hicieran Rittel y Webber (Aguilar, 1996: 161) sobre esos problemas retorcidos, enredados, rebeldes y mañosos de los que suele hablarse demasiado y comunicarse poco. Por ello, entre esos esfuerzos por comunicar que se agradecen en medio del mar de desinformación, podríamos ubicar la colaboración de Rose Mary Espinosa (El Universal.mx/ blogs, 1 de agosto), quien, como cualquier otro ciudadano “que, como yo, nos sabemos-creemos-soñamos dueños del petróleo y queremos conocer qué nos depara el futuro”, tuvo la cortesía de compartir “algunos miedos, rumores, dudas y promesas”, que ahora me permito compartir:

El petróleo nos va a sacar de pobres. Exagerado. Si el destino de un país dependiera en exclusiva del petróleo, todos los países petroleros serían multimillonarios y por supuesto que esto no es así. Pueden, eso sí, tener petroleros muy ricos, mas no sus poblaciones. He ahí Nigeria, Venezuela o Indonesia, por mencionar algunos. El fenómeno del desarrollo económico es más complejo y, si bien el energético es un sector muy grande e importante, acaso vital, no habrá de resolver per se la pobreza, el atraso, la desigualdad… muchos milagritos.

El petróleo bajará los precios. El gobierno ha planteado que, con la reforma energética, la economía nacional crecerá a un ritmo mayor lo que resultaría en la reducción de los precios de la electricidad y los combustibles. No hay duda de que un sector energético fuerte impulsaría el crecimiento, pero no puede ser considerado único detonador. A lo que sí podemos aspirar es al mejor precio posible en la medida en que la reforma garantice la competencia. Ya no tendríamos una sola empresa. Lo ideal, obviamente, es que la competencia sea sana y transparente y que discipline y estimule el mercado para una mayor oferta y una mayor innovación.

Nos van a comer vivos. Cortesía de Edmund G. Brown, gobernador de California, quien, ante las campanas al vuelo lanzadas por la senadora Gabriela Cuevas -en el sentido de que las reformas estructurales podrían proyectar a la economía mexicana “entre las diez primeras del mundo”’-, alertó sobre los riesgos de abrir el mercado sin regular a las compañías privadas. Me sumo. Claro que nos pueden comer vivos y no sólo las empresas extranjeras sino las nacionales. Para no ir tan lejos, ya nos están comiendo vivos: los sindicatos, los empleados privilegiados de Pemex, los gobernadores que desvían el dinero que les da la federación. Mano dura con empresas de fuera, desde luego, pero también el ejercicio riguroso de los mecanismos que la misma ley estipula.

 

roberto.arias@coljal.edu.mx