Espiritualidad y política

Intentando hacer a un lado el enorme ruido provocado por las posturas a favor y en contra de la marcha convocada por el movimiento Jalisco es Uno por los Niños podemos decir que el saldo neto resultó contraproducente para los intereses de sus promotores.

Dice un viejo refrán que “al buen entendedor pocas palabras”. Bastaría con que los promotores del movimiento le echaran un vistazo a la integración de los gobiernos municipales y al Congreso del Estado para que entendieran que sus esfuerzos por llevar a la arena de la política sus legítimas convicciones personales y familiares constituye una pésima estrategia. Prácticamente ningún candidato que enarboló como bandera política ese discurso impregnado por los valores de inspiración católico-cristiana a favor de la vida triunfó en el pasado proceso electoral y tampoco sus respectivos partidos políticos lograron alcanzar una representación política relevante al interior de los ayuntamientos.

Con el respeto que me merecen mis hermanos en la fe, creo entender que la principal razón de su fracaso radica en buscar proteger una concepción de familia de inspiración divina conforme a la fe católica-cristiana que muchos profesamos por medios humanos y, en consecuencia, limitados e imperfectos como lo es una legislación, sin caer en cuenta que por su propia condición de norma de observancia general incurre en una injusticia por ser discriminatoria de cualquier otro modelo familiar que, sabemos de sobra, están hoy presentes en nuestra realidad.

Las declaraciones de Arzobispo de Guadalajara, Francisco Robles Ortega, al calificar la manifestación como un signo de madurez en la sociedad tapatía y referir que hay otros temas en los que la sociedad debe también manifestarse como son la seguridad, la pobreza o el cumplimiento de promesas políticas en campaña (MILENIO JALISCO, 27 de julio), me parece de lo más atinada al situar los asuntos en su justa dimensión: el calificativo de madurez debe entenderse sobre los valores a favor de la familia de inspiración cristiana arraigados en la sociedad en tanto que los otros asuntos aluden a la condición de injusticia que son cultivadas desde las estructuras sociales de naturaleza colectiva.

Vistos así, los primeros deben preservarse y alentarse desde la espiritualidad cultivada en el seno mismo de cada una de las familias sin pretender imponerlos por medios legales, en tanto que los segundos por su propia condición colectiva, son asuntos que obligadamente deben debatirse y dirimirse en la esfera pública por la vía de las reformas institucionales que sea indispensable hacer a fin de remover las condiciones de injusticia social como las referidas por el Arzobispo.


roberto.arias@coljal.edu.mx