El ABC de la política metropolitana

Muy por el contrario a la opinión de mi estimado amigo y director editorial Jaime Barrera Rodríguez (MILENIO JALISCO, Radar, 6 de marzo), más que la inconformidad por la elección de mi amigo y ex compañero comisionado Alberto Orozco Ochoa como primer director general del Instituto Metropolitano de Planeación (Imeplan), a quien tuve oportunidad de felicitar recientemente, más bien me anima e interesa reflexionar públicamente sobre la trascendencia de este episodio de la vida pública de nuestra metrópoli.

A diferencia de quienes gustan alimentar versiones de naturaleza “sospechosista” ante cualquier unanimidad, mi lectura personal acerca de la decisión unánime que adoptaron los ocho presidentes municipales a favor del secretario técnico de la Junta de Coordinación Metropolitana es muy simple: obedece a una respuesta natural frente al ambiente de polarización que desafortunadamente terminó imponiéndose, entre quienes sostenían una postura legalista inflexible y la radicalización de posturas que exigían cambios al estatuto orgánico recientemente publicado.

La polarización terminó ahogando así, cualquier otra postura intermedia, como la que sostuve durante la sesión de la Asamblea por la Gobernanza Metropolitana celebrada el pasado 24 de febrero y que sencillamente apelaba a ensayar, por la vía de la confianza mutua entre autoridades y organismos sociales, una elección pública basada en criterios idealmente consensuados y definitivamente mucho más claros que los que terminaron rigiendo la elección celebrada durante la última sesión de la Junta de Coordinación Metropolitana.

Ni el agua resulta más clara que la mayor lección que podemos extraer de lo acontecido con el nombramiento del primer director del Imeplan. Una lección que deberá marcar el desempeño futuro de la más reciente instancia de coordinación metropolitana: lograr imprimir una dinámica diferente en los asuntos intermunicipales, marcados generalmente por la polarización de las diferencias entre municipios, para dar paso a una política metropolitana fuertemente fincada en las coincidencias que deberán construirse colectivamente y en principio, entre la Junta de Coordinación Metropolitana y el Consejo Ciudadano Metropolitano.

Sobre mi convicción acerca de que ninguna persona resulta imprescindible en la vida de institución pública alguna, mi estimado Jaime Barrera, me bastaría acudir al villano favorito entre las amistades de mi querida madre y otros muchos sectores sociales, como lo es Alonso Godoy Pelayo, para ilustrar claramente los efectos negativos para cualquier función pública, que pueden derivar de forzar la permanencia de personas al frente de cargos públicos.

Académico de El Colegio de Jalisco

roberto.arias@coljal.edu.mx