Artículo mortis

La tormenta perfecta

La buena noticia es que, aunque a contrapelo, Videgaray pareció atender las advertencias de Carstens y anunció ajustes. La mala es que difícilmente serán suficientes: la deuda pública mexicana vale ya poco más de la mitad del PIB; los precios del crudo, el principal ingreso del país —además de las remesas, que también van cayendo—, están un 70 por ciento más bajos que lo originalmente presupuestado, y los cambios en Pemex están lejos de convertir a la empresa en una institución sustentable y autónoma: hoy, como ayer, es una cajota chica para uso exclusivo de las presidencias en turno; China no se va a estabilizar pronto, ni el dólar a debilitarse ni, mucho menos, el peso a fortalecerse; gracias a la reforma fiscal, el monto de la recolección impositiva ha aumentado, pero entre la sufrida y cautiva clase media de siempre: lejos estamos de terminar con la informalidad o con los privilegios de exclusión; y basta recordar a Virgilio Andrade para entender que la corrupción, que drena entre el 2 y 9 por ciento de nuestro PIB, seguirá aquí cuando despertemos. Ante todas estas calamidades, ¿de cuánto será el recorte anunciado por nuestro sacrificado y previsor gobierno federal, principalmente en su gasto corriente, uno que devora, a lo largo y ancho de las burocracias nacionales, alrededor de 90 por ciento del presupuesto? De 0.7 por ciento.

Todo apunta hoy para que el sexenio termine con un regreso a los gustados tiempos de ese PRI que, cada seis años, encogía los ahorros a la mitad y crecía las deudas al doble. Tampoco es asunto de extrañar a las presidencias panistas que, con mayor estabilidad financiera, sí, y excepciones notables como el IFAI o el IFE, en realidad aportaron cambios de membrete, dejando intactas a las personas e instituciones montadas por la vieja dictadura: el crecimiento económico albiazul fue pobre —2.2 por ciento, en promedio—, el aumento de deuda preocupante, y la corrupción y descomposición en cuanto a seguridad pública y cultura cívica, irreparable.

Lo urgente para México es dejar atrás cuanto antes los lastres de nuestra historia oficial, sobre todo en su arraigada creencia en algún Tlatoani que, ahora sí, nos salvará de nosotros mismos, y crear en comunidad un proyecto viable y democrático de país, un pacto generoso entre ciudadanos que no incluya gobernar desde los grupos apátridas en nuestra esclerótica clase política, ni para la estridencia populista de la opinión pública, ni para grupos de interés parásitos, sino con miras al bienestar ciudadano: simplemente, un proyecto de Estado. O, de perdido, comenzar en chinga a ahorrar en dólares.

Twitter: @robertayque