Artículo mortis

El sarampión que viene

Cuando mi hija estaba por nacer, una prima se acercó para adoctrinarme sobre los peligros de las vacunas. Ella no había vacunado a sus hijos porque, decía, las inyecciones causaban retraso mental y tenían veneno. ¿Cuál veneno? Pregunté. Mercurio, me dijo, con una seguridad ayatólica. Al indagar después mi médico me dijo que si me gustaba el salmón. Contesté que sí. Me dijo que la dosis de mercurio que uno engullía en cada posta era igual o superior a la contenida en una inoculación. De lo demás me acordé cuando, en la pasada elección presidencial gringa, la ultra cristiana precandidata republicana, Michelle Bachmann, comenzó su picada electoral cuando aseguró que volver obligatoria la vacuna contra el virus del papiloma humano (VPH), como contemplaba su adversario de Texas, era peligroso porque “una mujer en llanto le había dicho que su hija había adquirido retraso mental luego de aplicársela”.

Todo comenzó en 1998 con un estudio de Andrew Wakefield que vinculaba la vacuna triple —paperas, sarampión y rubeola— con el desarrollo de autismo. La investigación probó ser un fraude redondo, pero eso no detiene el activismo ignorante de aquellos cuyo código postal les impide acercarse a la Santa Muerte y que se sienten demasiado modernos para La Rosa de Guadalupe. Gracias a ellos ha resucitado una enfermedad que se creía erradicada en Norteamérica desde el año 2000, luego de haber comenzado los niños a ser inoculados masivamente en 1963, y que es mortal en uno de cada mil casos: el sarampión.

Este diciembre, en la Disneylandia de California, estado meca de los antivacunas, contrajeron el virus al menos 40 personas, desparramándose luego la enfermedad a 150 más, dos de nacionalidad mexicana. Y no, no todos los afligidos recibieron sopa de su propio chocolate: los niños no vacunados por tener menos de un año o aquellas personas con problemas inmunológicos por quimioterapia o padecimientos crónicos son más que vulnerables; antes de la vacuna, prácticamente todo ser humano sucumbía al sarampión en algún punto antes de sus 15 años. Y es que los virus no respetan edad, género o estatus socioeconómico. Igual que la estupidez, pues.

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